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– Los corazones rebeldes no pueden romperse.
– ¿Estás seguro de eso?

Si hubieses podido sentir la grieta que abriste en el mío, quizás habrías cambiado tu respuesta.

Creo que me di cuenta de que te quería cuando te marchaste. No inmediatamente, ¿sabes? La mayoría de las veces mis pensamientos no fluyen igual de limpios que un cielo claro. Y, a pesar de que fui plenamente consciente de que al cerrar esa puerta te perderías tras ella para siempre, mi piel no tembló ni por un instante en aquella habitación tan tenue. Tan desierta. Aunque el frío se abría paso entre las sábanas, y abrazaba mi silueta hasta entonces suave. Constante. Aparentemente imperecedera.

Pasó una semana. Y dos. Y quizás algunos días más sin que esa sensación austera se enredase a mi corazón aturdido, y ya no tan rebelde, y lo ahogase poco a poco aunque no quisiera. Me encontraba a mi misma mirándote en el recuerdo igual que un niño curioso miraría con prudencia lo prohibido, escondido tras una puerta. Había algo en la forma de moverte, algo que desprendía luz sobre las sombras, y destemplaba un poco más mi piel enferma en la soledad de sus horas.

Era imposible reconocerlo pero, no podía seguir sin que volvieras.

Poco a poco, dejé de sentir la vida fluyendo por mi cuerpo. Mis brazos se prolongaban inquietos sobre el colchón, y en los ratos más cuerdos, se acunaban entre esos rayos de sol tímidos que se atrevían a saludar de vez en cuando desde la ventana trasera. Pero nada más. La frialdad se agazapaba bajo mis vértebras exhaustas. Casi como susurrando a mi sangre, mi oxígeno, que dejase de abrazar la inexistencia y en su lugar me hiciese parte de ella. Y entonces quise ser la oscuridad que te atrapaba para acunar la noche y rozar con nuestros dedos todas las estrellas. Ser ausencia contigo y no sin ti. Y apagar juntos la tristeza. Fotos: Paula Méndez.

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