Esto es una historia en cadena. Puedes encontrar su primera parte aquí.

Vuelven a llamar unos dedos impetuosos a la puerta. Y Abril se encoge aun más sobre las grietas de esa pared sobrecogida a nuestro destino demasiado incierto.
–Ana, ¿estás bien? –Una voz agreste se cuela entre los azulejos.
–No salgas –Susurro, y enredo mis manos sobre sus hombros descubiertos, casi como cadenas metálicas reforzando su inestable y brillante apariencia.
Abril abraza mi calor, pero no dice nada. Estoy casi segura de que este hombre quiere aprovecharse de ella. ¿Por qué sino iba a haber perdido Abril la memoria? Y peor aun, ¿cómo es posible que si existe alguna buena intención en él, no la llevara a un hospital directamente tras esa supuesta caída? Algo no encaja.

–Te prometo que no te hará daño, ¿vale? Te quedarás conmigo, Abril –afirmo con una seguridad que parece hacer mella en su piel de porcelana fragmentada. –Voy a llamar a la policía. Nos bajaremos en la siguiente parada y…
Otra vez la insistente llamada sobre la puerta. Y se contrae un poco más mi corazón en todas sus sombras.
–Quiero salir –Murmura Abril, estrechando el miedo en su garganta desnuda.
Nunca antes la había visto así. Tan frágil e inestable como un jardín de lirios en un día de espesa lluvia. Creo que todavía sigo engañándome pensando que de pronto estallará en una carcajada imponente y mayúscula, que me asegurará que todo forma parte de alguno de sus planes estúpidos para perder de vista un día más de rutina escamosa. Que saldrá por esa puerta airosa, y me dejará aquí, boquiabierta, para fugarse con ese hombre que sigue aporreando la madera con una idea incierta de quien le espera al otro lado.
–Quiero salir –Me dice Abril rodeando con su ferocidad mi muñeca.
–Pero no podemos salir todavía, ¿vale? Tengo que pensar cómo…
Pero es tarde. Abril hunde sus uñas sobre mi brazo y me empuja contra las baldosas. Auch. Me he arañado el costado con el radiador y me he golpeado el pómulo quiero pensar que con otra cosa diferente al váter. Me levanto e intento silenciar el temblor que sacude mi figura coartada. Y corro. Corro aunque sin saber hacia dónde.
–¡Eh!
Una voz se ata a mi ropa y estira de ella hasta que freno mis intenciones. Me giro, y es Él, con el rostro enredado a las mismas preguntas que me hago yo ahora.
–¡No te acerques a ella! –Le grito, intentando soltarme.
–Para. ¡Para! –Sus manos se atan a mis hombros quebrados y me obligan a escucharle –Yo nunca podría hacerle daño. Sólo pensaba ayudarla… He oído lo que le decías en el baño. Te prometo que llevo saliendo con ella sólo un par de semanas. Me dijo que se llama Ana. Y me suplicó que fuésemos a Manchester a pesar de encontrarse así, yo… Sólo quería que se recuperase.
–La policía vino a nuestra casa a decirme que estaba desaparecida, y que era probable que la encontrasen muerta. Perdona que no me fíe del extraño que se la lleva inestable a otra ciudad mientras.

Abril o la nueva Ana se acerca a nuestro círculo de recelo e inexactitudes. Y la mirada gris de Él me implora que le crea. Que le creamos. ¿Y quién me cree a mí? ¿Y quién cree a Abril, después de todo? Alguien miente y no soy yo la culpable. Fotos: Paula Méndez

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