Éste es el final de una historia en cadena. Puedes encontrar su primera parte aquí.

Se estremecen los cristales del tren ante la turbulencia que a veces trae consigo el movimiento. Y se acompasa mi corazón a su inadvertido chirrido, casi desgarrándose en cada latido ferviente, pendiente del silencio que nos une a los tres en este círculo de extrañeza. Uno de nosotros miente. Y sé que no soy yo. No soy yo.

Miro sin reparo las sombras terciadas de los ojos de Abril y busco un ápice de la firmeza que habitaba en ella antes de encontrarla en este vagón de preguntas sin respuesta. Y no veo nada. Nada que me afirme que sigue siendo la Abril de antes. Nada como la insolencia que reinaba sus huesos, ni la precisión con la que sus palabras parecían dispuestas a desobedecer al resto. Nada más que el miedo del niño entre ruinas pidiendo un poco de ayuda para no seguir solo ante el universo. ¿De verdad ha perdido la memoria?

Y sí. Quiero encontrar en esa mirada nebulosa y gris de ese otro rostro nuevo que ahora me contempla, la culpabilidad encriptada para escapar cuanto antes de ella. Pero no puedo. No puedo. Porque en los ojos de Él sólo encuentro pureza. Inquietud. Y un millón de pájaros desconcertados, blandiendo sus alas contra la niebla.

El tren aligera su paso, y en nuestros cuerpos se acentúa la impaciencia. Siento como cada centímetro de mi piel se inquieta, e imagino cómo se deshace en una realidad blanda, suave y completamente diferente a ésta. Y es que no sé seguir. Porque me gustaría pensar que fue en realidad Él quien le obligó a cambiar de vida sin que ella quisiera. Y que yo lo he detenido. Y que contaremos esta historia dentro de unos años en cenas de Navidad, riéndonos en ambos lados de la mesa. Pero, por otro lado menos deseable, hay algo dentro de mí que me advierte que la Abril de antes vivía sin límites ni reparos. ¿Y si todo fuese un truco? ¿Y si de verdad utilizó esta oportunidad para marcharse sin dejar rastro?

Oigo una voz ajena al círculo de incertidumbres, preguntando si hay algún problema. Y los tres volvemos a mirarnos sin pronunciar todavía una sola palabra que empiece a resolver este crucigrama de incongruencias. La puerta del tren está abierta, y un policía entra. Y siento la marea de pensamientos azotando nuestra presencia. Supongo que alguien llamó a emergencias cuando aun estábamos en el baño. Y con un bigote espeso y el cuello de la camisa manchado, el agente murmura que le sigamos. Y yo me encojo de hombros, y Él enreda levemente sus dedos a la muñeca izquierda de Abril, para que nos siga el paso.

Bajamos del tren y tiemblan mis pensamientos. La mirada curiosa de los viajeros en el andén me incomoda, y ahueca las pocas seguridades que me quedan. El policía camina con pasos ágiles, mientras el sol abraza su figura como el mar a la tierra. Y escucho la respiración acelerada de Él ganándome espacio. Está nervioso, está claro. Y yo también aunque no deba estarlo. Y por un momento, sólo por un momento, levanto la mirada y quiero compartir con Él mi miedo escarpado. Pero sus ojos sombríos no contemplan los míos. Sino la ausencia de Abril en el corredor, haciendo eco en el cuarto vacío que deja en nuestras vidas hasta ahora, llenas de significado. Fotos: Paula Méndez 

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