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 Conocí a Molly en Hanoi en el julio más húmedo que jamás me pudo descubrir Vietnam. Paseaba en mi segundo día en el país por aquellas calles tan angostas y desarticuladas, como las piezas roídas de un puzzle que ya no encaja. La ciudad era de colores estridentes, pero su corazón latía en gris. Parecía de alguna forma que, igual que un nido de hormigas, se hubiese esparcido por cada rincón habitable posible en un crecimiento desmesurado, diseñando aleatoriamente un laberinto de vías urbanas y casas desestructuradas. Aún se estremece mi piel al enterrarse mis pensamientos entre aquellas paredes desoladas. Y no tanto por la soledad que se allanaba en sus cimientos, sino más por la memoria que las levantaba.

Creo que Molly estaba detrás de una bañera verde cuarteada en uno de los bajos abiertos a la calle de una de aquellas casas, o esa es mi teoría, claro. Supongo que dicho así suena raro. Pero una niña tras una bañera en Vietnam no es un espectáculo. En Hanoi, el hogar siempre se expande a la calle. Los niños juegan junto a las ollas que cocinan al aire sus padres o sus hermanos sobre los adoquines desecados y, a veces, miran curiosos a turistas como yo, que compramos un plato por un cuarto de Dong y seguimos el paso. 

Es igual. Sea como fuera, sé que a partir de ver esa bañera verde comencé a escuchar unos pasos. Unos torpes pero firmes pasos persiguiéndome. Y detrás estaba ella. Una niña de ojos negros y de pestañas gruesas, imitando mis movimientos inexactos. Molly y yo nos gustamos enseguida. A pesar de sus cuatro años tenía claro que no aprobaba mis sandalias y me señalaba sus pies descalzos, como justificando que debía quitármelos enseguida. Y a mi esa “bocota” llena de migas de ayer y su sonrisa torcida me invitaron a pasar la tarde con ella.

Jugamos frente (a la que supuse) que era su casa hasta las ocho y media. Saltamos a la pata coja, a un homólogo del corro de la patata y cantamos, o mejor dicho, berreamos la canción de Humty Dumty. Y como no supo decirme su nombre, bauticé su figurita diminuta mientras giraba sobre sí misma e iluminaba Hanoi con su preciosa ignorancia. Lo que no me imaginaba es que nadie vendría a buscar a Molly. En el solar de su casa no había nadie para llevársela. Y el resto de vietnamitas me miraron con desgana al preguntarles si podrían quedársela hasta que su familia regresara. Sólo que, llegados a altas horas de la noche, ni ella ni yo supimos decir si ya existía tal cosa. Así que Molly me acompañó al hotel y trató de envolver un cielo imaginario entre sus dedos diminutos, antes de caer rendida bajo aquel colchón desvencijado y abrazarse al polvo de las estrellas más altas en el espacio.

El personal del hotel llamó a la policía ante mi insistencia pero los agentes nunca llegaron. Ante mi agitada presencia, los dos azafatos que hablaban inglés muy sonrientes me dijeron que no me cobrarían la estancia inesperada de Molly, pero sí un cuarto más por sus consumiciones diarias. También mencionaron con cejas bajas algo parecido a que en caso de que resultase ser una niña abandonada, lamentablemente no podrían hacerse cargo. Y yo quise golpear cada segundo de esa realidad para que nunca, nunca, pudiese llevarse a cabo.

Mientras esperábamos lo inesperado, Molly y yo nos adueñamos de Hanoi como jamás imaginamos. Éramos, sin duda, la comidilla de aquella ciudad ajada. A los vietnamitas les gustaba saludarnos con la barbilla por las mañanas en nuestro camino truncado entre la marea de motocicletas que la asediaban. Molly me enseñó que, aunque se acelerase mucho el corazón mientras se cruzaba la carretera, en verdad la calle se reestructuraba igual que las letras de un libro antiguo modernizándose. Así que, aunque se subiera a la acera un carromato, o un anciano se aventurase sin mirar entre dicha marea incierta, nunca ocurría absolutamente nada. Al menos nada demasiado grave, claro.

Molly me enseñó más cosas. Como a bailar con la luna o a soñar con los ojos, no importaba si abiertos o cerrados. Y yo, a cambio, le di de comer su primer helado de fresa y le enseñé a decir “Yes, yes” cuando le preguntaba si quería otro sorbo diminuto, tan diminuto como ella, de mi lata de Coca-Cola recién abierta. También le regalé un cuento escrito en vietnamita. Así que nunca supe cuál era su auténtico tema más allá de aquellos dibujos maquetados pero, en mi versión a la inglesa, un pajarito verde y otro morado bailaban juntos al anochecer para brillar bajo el polvo de las estrellas. Texto y Fotos: Paula Méndez

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