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Chlöe

Febrero, 2016. Berlín. Y un tranvía indeciso que camina entre nubes, y las saluda indeciso con los primeros chirridos y sus colores pálidos. Chlöe rebusca una y otra vez en su bolso de cuero desgastado, y de vez en cuando mordisquea sin querer pero queriendo, la uña de su dedo índice izquierdo. Han pasado ya casi dos semanas de su llegada, y el frío aun no ha invadido sus huesos frágiles y sedientos. La nieve se apostra sobre el alféizar de su diminuta ventana cada mañana, casi como amenazando, igual que un felino a su presa incauta, su entereza día a día que pasa. Pero el brillo en los ojos de Chlöe no ha cesado. A pesar de que Berlín es crudo, azul, y algo más distante de lo que aparentaba.

Sus dedos por fin acarician con éxito una barra de labios en el bolso, junto a su agenda llena de panfletos arrugados y citas textuales apuntadas, y el tintineo de ese estúpido reloj que siempre se olvida de dejar en casa. En realidad no quiere pintarse los labios, ¿sabes? Pero al rozarla con sus manos agitadas casi puede oír a su hermana odiándola por habérsela llevado sin decir nada. Y volver a chocarse con esa mirada fiera y cansada de su madre, dispersa, como solía decir ella, entre tanta tontería barata. Miel en la leche y el sol susurrando calidez a través de aquel patio tan dulce como anárquico. Y un segundo más, un segundo menos, tan cerca y tan lejos de ellos como un sol persiguiendo a su planeta inalcanzable.

Chlöe suspira, y pestañea una, dos veces con la mirada cohibida, puesta indirectamente en un chico que la sonríe sin que ella se haya dado hasta ahora cuenta. Es de hombros anchos y tez oscura; la mirada clara, humilde. Curiosa. El corazón de Chlöe ya se encogía acelerado en el recuerdo, y ahora titubea. Ella aparta la mirada tímida, extranjera, y rememora el final, o el principio, de ese tatuaje que asomaba inmutable en lo alto de aquel tobillo destapado. El tranvía se balancea y la muñeca de Clöe se voltea. Se cae su bolso de cuero al suelo, y también lo hace su barra de labios.

 

Hans

Febrero, 2016. Berlín. Y un tranvía sumido en el blanco y negro de otro día más que empieza igual que acaba. Hans mete la mano en su bolsillo derecho, y roza con sus nudillos su mechero metálico. Él no fuma, pero siempre lleva fuego encima. Ya sabes, por si acaso. Con sus pies tamborilea un ritmo ficticio, extasiado, con el que parece incomodar a la señora sentada a su lado. Llega tarde a trabajar. Unos diez minutos apenas. Si no hubiese sido por la nieve, habría podido hacer aquel último tramo en bicicleta. Por él lo haría, no te creas. Pero tiene un padre demasiado testarudo y algo maniático que le esconde la bici cada vez que el cielo amenaza con tormenta. Y eso en Berlín ocurre mucho. Demasiado.

Hans enciende su mechero, y espera cinco, siete segundos a que la llama consuma cada pensamiento, cada segundo inservible de aquel mes, aquel año extasiado. La rutina ahoga igual que el mar en su día más fiero. Y una ola bate con toda su fiereza un pulso entre él y sus sueños, aún tenues y fríos como el hielo que invade las calles de Berlín, y alguno de sus corazones más apaciguados. Por ahora. Hans suspira, y extingue la llama. Y el metal calienta sus dedos, casi como lo haría un día de verano. Casi se puede ver cómo se enciende el color en el vagón grisáceo y cohibido entre sus sombras.

Una chica de pelo castaño le mira al otro lado del pasillo. Aunque parece no darse cuenta. Tiene algunas pecas en lo alto de su nariz, y también los labios algo cuarteados y hundidos, en palabras que no dice y tiemblan en su cabeza. Sujeta algo entre las manos. ¿Una barra de labios? Puede. Parece. Sí. Una barra de labios. Seguro que no es alemana, ni tampoco de cerca. Lleva por lo menos cinco capas de ropa. Y a pesar de ello, su clavícula hace visible cómo el frío intenta hacerse con ella. Sus mejillas apenas se sonrojan cuando repara en que Hans la observa con la misma intensidad que ella. Y desvía la mirada. Y cuando Hans se pregunta si hacer lo mismo, el tranvía vacila en una curva. La barra de labios vuela. Y Hans la recoge, ágil y sonreído, todavía con los dedos cálidos. Fotos: Paula Méndez.

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