La espera es la enfermedad que más ahueca el corazón. O eso me dijeron un día. No sé. A veces casi puedo sentir cómo mi piel frígida se contrae firme y hambrienta, con el deseo de deshacerse en un millar de estalagtitas. Y otras, o más bien la mayoría, sólo abrazo ese último rayo de sol fundido a las sábanas que me invita a que reviva, una y otra vez, en ese atardecer en el que tú y yo nos perdimos para el resto de los días.

Pero tú ya no estás, y la espera todavía se hace más eterna. Así que cierro los párpados serena y dejo que la noche me haga una criatura más deshecha entre las sombras que aun le quedan. Sólo que desde hace semanas algo ya no me deja. Unos pasos ágiles y para mis oídos, gratamente acolchados, irrumpen en mi habitación de hospital cada día a esta hora. Al principio me inquietaba, y aunque seguía haciendo que dormía, trataba de entrecerrar una y otra vez los ojos con cuidado, con el fin de detectar quién y por qué curioseaba mi sueño con tanto descaro. Pero no se hizo de rogar el misterio, y pronto una vocecilla tierna acarició mis pensamientos grises e inquietos con la claridad de sus palabras.

Nico, o uno de los niños más jovencitos de la planta, me cuenta cada noche una historia. La mía. O los días que, según él, seguirán a mi libertad fuera de este camastro viejo y de estas paredes que aun lloran tu ausencia. Setenta años no son demasiados, al parecer, y hay veces en las que me convierto en una célebre profesora de piano para niños de seis u ocho años. Y también otros días en los que me embarco en un viaje de vuelta al mundo, sola, porque como dice Nico, estar sola no debe dar tanto miedo. Algún que otro día inspirado me convierto en escritora, panadera, o acuesto cada noche a mis nietos con una canción con la que me dormía yo de pequeña. Aun así, creo que mi preferida es esa en la que Nico y yo nos encontramos un día en una playa desierta. Lo cuenta igual que si fuese un accidente, un choque fortuito de presencias en mitad de la nada. Nico vuela una cometa fina y anaranjada, y deja escurrir sus dedos por la cuerda desafiando a la brisa veraniega. Y yo, con los dedos enterrados bajo la arena, admiro sus movimientos suaves e inquebrantables, como si el tiempo, la espera, no fuese a arrebatármelos nunca.   Fotos: Paula Méndez.

Coméntalo

comentarios