Los animales disecados dan mucho repelús, no sólo a nivel estético sino también por todo lo que ello conlleva y el consiguiente trasfondo. Sin embargo, en el lado del arte, todo lo que puede causar cierto reparo, gracias al tamiz de lo conceptual y lo artístico, se convierte en objeto de culto y deseo.

Por eso, la serie de esculturas de la artista Deborah Simon, llamada Flayed Bears, nos ha embaucado y sorprendido gratamente.
En ella podemos ver esculturas con forma de oso, de no más de 65 cms, que nos muestran la versión más cruda e hiperrealista (si es posible) de estas bonitas y achuchables criaturas realizadas con arcillas, resinas, piel sintética, vidrio y seda, cubiertos con unos bordados que representan sus órganos, tejidos internos, venas y arterias, intestinos y huesos.

Aunque en un primer momento desconciertan y dejan bastante en shock, muestran una gran ambigüedad: por un lado, lo creepy de parecer (y sentir) que esas venas son reales y están al aire y, por otro, el hecho de ser conscientes de que en realidad son sólo pequeñas esculturas que consiguen removernos las entrañas.
Cada uno de ellos tiene su propio nombre, que ha puesto basándose en su nombre científico real: el oso polar se llama Ursus maritimus, el oso común es Ursus arctos horribilis y al oso negro americano le ha denominado Ursus americanus.

El resto de la obra de Simon se caracteriza por una intrincada ironía: por una parte es una pieza de arte, por otra es un juguete pequeño y también esconde otra parte de análisis anatómico y taxidérmico.
Con gran inteligencia y sutileza, Simon ha conseguido lo que buscaba y esto es que seamos capaces de reflexionar sobre la idea de que en lo impactante, desconcertante e inquietante también se esconde una gran fragilidad que requiere mimo, aprecio y cuidado.

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