El test de Rorschach consiste en la realización de un diagnóstico sobre el subconsciente del sujeto objeto de estudio a partir de las analogías con objetos reales que éste establece a partir de una serie de manchas de tinta aleatorias, simétricas y no figurativas. Teniendo en cuenta que su aportación ha sido determinante en la teoría del psicoanálisis, no resulta descabellado afirmar que su reverso lógico, es decir, la deducción de conclusiones acerca de la pisque de quien realiza las manchas, resulta tanto o más significativo que la de aquel que las observa. En este sentido, las pinturas de Alicia Castilla, resultado del trazo que fluye soberano al compás del impulso eléctrico, suponen un estimulante desafío para cualquier observador curioso. Con ecos al libérrimo espíritu de Pollock, los curvilíneos contornos de la serie “Surcos y Danzas” sugieren, en efecto, trémulos cuerpos contorsionados en el abrazo, como un instintivo bosquejo en negro sobre blanco de “La danza” de Matisse, y susceptibles de una segunda interpretación como organismos celulares indeterminados o complejos entramados neuronales. El carácter azaroso de este amplio espectro de improvisaciones en tinta sobre papel remite al expresionismo abstracto, sirviendo de válvula de escape del inconsciente y proponiendo, tal y como hacía Rorschach, un diálogo con el espectador. Una coherente recopilación bajo cuya apariencia fría y clínica late el pulso impetuoso de la emoción.

Surcos y Danzas. Del 6 al 18 de febrero. Sala de Exposiciones “La Paloma”. Calle Toledo, 108. Madrid

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