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Maggie conoció a Luke el primer día de clase. Pero Luke conoció indirectamente a Maggie un poco antes, desde la ventana de su cuarto, en un día de inoportuna y tormentosa gripe, perdiéndose entre décimas de calor y sueños inacabados en aquella trenza de espiga dorada y ojos castaños. Tenían siete años. A Maggie le divertían los dibujos alocados de Luke sobre los libros de ciencias. Y a Luke que Maggie no hablase el día entero de princesas, y que fuese la mejor lanzadora de béisbol de la clase. Luke nunca pidió salir a Maggie. Ni Maggie a Luke. Porque, simplemente, se querían como se quieren los hermanos entre sí. Sin juzgarse, ni sin pelearse día sí, día también. Ni sin existir si no está el otro para seguir adelante.

Los padres de Luke decidieron mudarse a otro condado exactamente tres años más tarde. Y al despedirse, Maggie lloró. Y Luke acarició las pecas mojadas de Maggie, y le dijo que serían los amigos en la distancia menos distantes que jamás habría visto nadie.

Y así empezaron a escribirse cartas. Máximo una al día. Mínimo dos a la semana. Las palabras de Luke eran elocuentes y detallistas, y se torcían al ser escritas hacia la esquina derecha de arriba del papel, cuando se imaginaba a Maggie leyéndolas. Maggie era algo más distraída y la mitad de las veces, encontraba lo que decir en el estribillo de una canción, o en un recortable de alguna revista que le robaba a su madre. A Luke le gustaban sus collages, y los colgaba uno por uno en el techo de su cuarto. Para ser lo primero que viese al despertarse.

Pasaron los años. Y Luke y Maggie dejaron de escribirse cartas. En la adolescencia a veces chateaban. Y alguna otra empezaron un email indeciso que la mayoría de las veces no abandonaría la carpeta de borradores.

Maggie fue a la universidad a estudiar Historia del Arte. Su trenza dorada se había perdido entre todas esas cartas, y ahora un bob desarreglado le cubría las pecas y esos ojos castaños ya un poco más tristes y cansados. No fumaba a diario, pero a veces un pitillo escondida en el baño le calmaba los nervios bastante. Trabajaba en un bar los viernes y sábados para pagarse las clases. Y de vez en cuando, salía en algún que otro catálogo de ropa barata con esas piernas largas y esa sonrisa fingida pero suficientemente natural, que también usaba para escaparse de cualquier situación sin usar excusas baratas.

Luke tuvo una época de salir mucho de fiesta, y otra de vivir en el extranjero. Pero nunca paró de estudiar mucho. Muchísimo. Fines de semana incluidos y vacaciones aunque no hiciese falta, porque sabía que si lo hacía tendría éxito. A veces le dolía la cabeza, y le tuvieron que poner unas gafas negras de pasta con las que pensaba que estaba feo, pero que en realidad a las chicas les gustaban. Un poco más tarde conseguiría su propósito desde que era pequeño: ser astrólogo. Estudió a una centena de constelaciones, e incluso descubrió unos pocos cometas interespaciales. Uno de ellos se llamó Maggie, porque era igual de oscuro y enigmático que aquellos ojos castaños de su infancia. Y aunque tardaría 5000 millones de años en alcanzar una mínima cercanía a la Tierra, Luke sintió calor en su pecho aquel día al redactar sus informes oficiales.

Supongo que habrían podido reencontrarse, y redescubrirse como adultos, ¿no? Puede. No sé. Pero a veces la vida es así. Un mapa lleno de carreteras que no siempre llevan a alguna parte. Fotos: Paula Méndez.

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