¿Sabes? Últimamente siento sobre mis hombros una sensación extraña. Es como si me admirasen un centenar de personas con los ojos tintados en la aprensión y en todas las preguntas sin respuesta que generan, semana a semana, mis historias sin pretextos. Y es extraño, sí, pero a veces me hacen desear recubrir mi corazón sensible y desgarrado en el cemento más húmedo y grisáceo que exista. Sé que suena estúpido y digno de una película de Tim Burton, pero me encanta la idea. No dejo de imaginarme sus ventrículos y cavidades enredadas en la aspereza pastosa, y toda esa arena tizada y sedienta removiéndose una y otra vez en cada latido esperanzado. Mi corazón, normalmente inestable y efímero, se haría esbelto y rígido. Tibio y solitario, igual que un ancla oxidada y perdida a diez mil kilómetros bajo el océano.

Y es que la gente dice que mis textos inspiran tristeza. ¿Y qué si es cierto que siento más cuando mi corazón está agrietado? No creo que el dolor sea algo malo. Ni que por plasmarlo aquí pueda darse por hecho que sea lo que yo realmente sienta. Gabriel García Márquez dijo una vez que el escritor crea su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar, y lo defiendo al pie de la letra. Ni siquiera yo soy capaz de encontrar la verdad más allá de mis textos o tan siquiera en ellos. Sólo sé que aferrada a las teclas de esta máquina puedo ser un gorrión agitando sus alas contra la primavera, el temblor en tus manos, el eco de una puerta cerrándose para no volver a ser nunca más abierta. Puedo ser todo o nada. Puedo ser cualquiera.

Así que no quiero recubrir mi corazón de cemento, ¿entiendes? Si no jamás volverían a mí todas esas sílabas eléctricas. Pero eso tampoco significa que mi vida se rinda a ellas. Sólo sé que escribo igual que respiro y eso… bueno, eso es lo que más me llena.

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