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Uno, dos, tres pájaros al vuelo en una cala desierta. Thinkin Bout You, de Frank Ocean, enredándose entre el volante y mis manos. Y el viento azotando el brillo en sus ojos avellana, y ese sutil bronceado en su piel cristalina que me hace pensar en una primavera temprana. Creo que nunca le había visto el pelo tan rizado y claro como ahora. Ni tampoco esa aspereza en los labios, completamente cortados, que se frota cada pocos segundos, casi como si quisiese controlar que siguiesen perfectamente sellados como nunca lo han estado hasta ahora.

Mika y yo nos conocemos desde hace poco. Diez o doce semanas. Aunque ella jura que son justo once. No lo sé. Creo que contar los días nunca ha sido menos necesario al lado de una persona. Se ríe igual que una niña en su primer día en el cine o en un parque de atracciones. Duerme enroscada a la almohada, con los dedos al borde de esa pila de libros de segunda mano que tanto le gusta buscar en los mercadillos cada domingo por la mañana. Está obsesionada con los tatuajes, y con dibujarme uno bajo el brazo en cuanto me distraigo. Y sobre todo, come todo el chocolate que le venga en gana. Sin contar calorías, horas de gimnasio necesarias para quemarlo o… la mención a una dieta a empezar, mientras todavía lo saborea.

A Mika le gusta hablar. De hecho, nunca le he visto tan callada como lo está hoy. Ahora que lo pienso, cada vez que nos hemos subido a mi coche se ha hecho el silencio más de lo acostumbrado. ¿A lo mejor es que se marea? ¿O quizás le da miedo, y más hoy…, en esta carretera de montaña en plena isla de Gran Canaria? Se lo pregunto pero lo niega. Y, ¿por qué no quiere contarme lo que pasa? Todavía no conozco muchos de sus gestos pero si sé que cuando se frota la nariz de esa manera es que no quiere hablar de algo. Y suele cambiarme de tema pero… ahora mismo ni siquiera quiere intentarlo. Insisto, mientras giro el volante en una nueva curva, que abre ante nosotros el principio de un área de roca negra sobre la que el sol tiñe de ocaso cada centímetro del mar, como si fuese una mera tela con la que recubrir la sobriedad de la tierra. ¿Qué te pasa Mika?

La emisora se pierde. Así que cambio a otra. Ahora suena R.E.M.. Shinny Happy People. Y yo mientras rozo con mis dedos su frente, y el final de ese pañuelo de gasa oscura que lucha por perderse entre la arena de la playa que a lo lejos nos rodea. Sé que no hace falta que diga o haga nada más. Ella se sincera… Cantando. “Put it in your heart where tomorrow shines, gold and silver shine. Shinny happy people holding hands…”. Tiene la voz fina y melódica. Suave y cautivante. No podría ser cantante, pero no sé. El sonido acaricia mis sentidos y funde mis ganas con el océano. De alguna forma soy consciente de que he abierto la veda. Si se esforzaba tanto por no cantar es porque es de ese tipo de personas que si empieza no parará nunca de hacerlo. Quién sabe si me arrepentiré o no de ello. De momento tengo claro que es otra cosa que tachar de su lista de misterios. ¿Y sabes? Este me gusta. Me pierde. Me lleva. Fotos Paula Méndez.

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