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Creo, sin lugar a dudas, que puedo decir que este es mi primer y más vergonzoso Fashion Drama.

Trabajaba como asistente de fotografía en la MBFWM (siglas que me aprendí a coinciencia un día antes para poderlas añadir en mi ubicación en Instagram, claro). Mi tercer día en el backstage rodeada de piernas desorbitadas, peluqueros mordiéndose los labios enredados entre horquillas y nubes de laca y un pequeño set fotográfico junto a los bastidores, haciendo lo que más puedo odiar en este mundo desorbitado: esperar. Y seguir. Seguir. Seguir… Seguir esperando.

La primera modelo a retratar no llegaba hasta la una menos cuarto, tras el segundo desfile del día y un mínimo descanso. O sea, lo que podían significar fácilmente las tres y media. Con ánimos de dejar que el reloj avanzase sin que me diese cuenta, decidí darme un paseo hasta el baño. Chequée WhatsApp, IG y todas las fotos nuevas de la pasarela (desfile divino desde el flanco izquierdo, desfile macabro desde la derecha), e incluso me decidí a descargar Snapchat del aburrimiento que tenía pero… Obviamente, me interrumpió algo.

O más bien alguien. O… Más bien, el dueño de la mano que me saludaba inmóvil junto a mis Nike Air recién estrenadas en aquel cubículo enano. De un salto, me encontré subida encima del retrete y con el corazón advirtiéndome que debía salir pitando. ¿Qué era eso? No me atrevía a mirar otra vez. ¿Probablemente era sólo una broma pesada, no? Alguien todavía más aburrido que yo, intentando hacer un poco más interesante la jornada. Asustando a la persona del baño de al lado, o sea yo, fingiendo un drama.

¿Pero y si no fingía nadie? Tras uno y dos resoplidos magnificados, mis ojos volvieron a encontrarse con esa mano diabólica. Inerte. Blanca como la nieve sobre la austeridad de las baldosas. Era de una mujer. ¿Y si de verdad le había pasado algo? Carraspeé por primera vez y luego le hablé con cuidado, igual que si hablase a un niño por primera vez sobre la separación de sus padres. Con la mirada clavada entre su índice y su dedo corazón, vi la línea ligeramente ensangrentada de una cutícula recién extraída de aquellas uñas inacabadas. Sangre. ¿En serio estaba siendo testigo del primer crimen conocido de la Fashion Week en toda su historia?

Creo que observé durante tanto tiempo la inmovilidad de aquella mano que ví volar al diminuto pájaro sutilmente trazado sobre su muñeca. Y ojalá me hubiese abrazado a la cobardía y hubiese corrido para avisar a la marea de asistentes de producción extasiados de que había una posible muerta en el baño. Porque entonces toqué esa mano. Y la zarandeé igual que zarandea a una camiseta maltrecha una centrifugadora. ¿No tenía que moverse, no?

O eso pensé cuando me propinó un puñetazo de vuelta, y corriendo, escuché su voz gritar a pleno pulmón que alguien había intentado pegarla en el baño.

Llevaba cascos de música. Y allí se escondía de un diseñador, al parecer sólo por molestarle un rato. Así que la siguiente en esconderse fui yo. Mientras me maquillaba con cuidado la rojez de mi mejilla izquierda para no levantar sospechas.

Sí. Sin comentarios. Fotos: Paula Méndez.

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