Amanece. Y escucho los pasos dudosos pero premeditados de Lis resbalando por las baldosas recién pulidas del pasillo. Casi puedo ver como su lacia y abundante melena negra se balancea sobre sus hombros huesudos, y como sus dedos rozan el polvo de la pared con suavidad, tanta que, casi parece que no quisieran hacerlo. Hoy, igual que ayer, sé que Lis se apoyará contra la ventana del cuarto, y dejará su café ya templado sobre el marco, esperando quizás a que una brisa hibernal y perversa cambie su suerte para siempre. Y la mía. Y la del resto. El invierno ya no existe, ¿sabes? Ni tampoco la nieve, los huracanes, o las nubes a las que era divertido encontrarles una forma antes. Los extremos se han deshecho y ahora sólo existen en los cuentos más preciados. En su lugar, hay una sutil capa de niebla azulada que tiñe la luz que aún nos queda. El gobierno y un equipo de científicos expertos en el tema, la instalaron aludiendo que el sol jamás volvería a hacer estragos sobre nuestra piel como estaba haciendo, y que mejoraría nuestra calidad de vida en un centenar de maneras. Y, es cierto, lo ha hecho. Ya no es verdad ese dicho de que “por cada luz hay una sombra”. La noche no es tan cruda como antes, ni tampoco hay días grises de tormenta entre los que uno, como decían, desearía desaparecer bajo las sábanas. La niebla añil capta cada soplo de aire hasta hacerlo un segundo más de inmutabilidad con el que seguir adelante. Su luz atrapa cada contrariedad, cada distracción para hacer de un día más, la perfección de una nueva era. Sé que cuando Lis mira tras el cristal de la ventana, sin todavía haber dado un sorbo a ese café desangelado, a veces deja caer sus brazos, e imagina cómo la lluvia se entromete en cada poro, y ensucia y corrompe su piel de porcelana. Y también sé que su corazón se acelera, aunque sea de forma mínima, porque nosotros ya no nos emocionamos por esas cosas. Hace años, mutaron el cuerpo humano, instalando una válvula mediadora de pensamientos, exaltaciones e incluso aspiraciones o futuros proyectos. Ahora somos más realistas y prácticos. Cada uno de nosotros sabe qué límites y éxitos puede cosechar, y no aguarda decepciones. El camino, de una forma u otra, ya está hecho y sólo espera a ser cruzado. Puede que la válvula de Lis funcione mal, porque no debería soñar con la lluvia o con algo que no llegó a conocer nunca. Supongo que no entiendo esa ansiedad que corroe sus venas cada mañana, pero tampoco me preocupa. Lis es lista y bella. En su camino está llegar a cirujana plástica. Y aunque ella lo crea, y aunque a veces me parezca verlo entre sus ojos del color de la niebla, no puede sentir la nostalgia. Es imposible. Nuestro sistema ya no procesaría un concepto tan absurdo como ése. Y Lis en el fondo lo sabe. Hoy, igual que ayer, Lis se apartará de esa ventana y volverá a su cuarto de estudio. Terminará con tres unidades, se preparará una sopa de verduras deshidratadas, y volverá a estudiar. Puede que mordisquee el lápiz un poco, sólo un poco, y también que enrede las yemas de sus dedos a esa cadenita de oro inscrita que ni ella sabe por qué lleva. Pero le gusta. O puede que no ocurra nada de eso, ¿sabes? Porque acabo de escuchar algo que no había escuchado hasta ahora. El sonido de la porcelana haciéndose añicos contra las baldosas. Fotos: Paula Méndez

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