12SAYSOMETHING

A veces, en segundos como este, siento como mi corazón tiembla y se encoge, como un diminuto cachorrillo en un día de tormentosa lluvia. Me pesa tanto, tanto, tu silencio, que retuerzo cada uno de los dedos de mis manos, intentando sentir más dolor del que siento en el pecho. Y luego pienso en un mar llano e imperturbable, y en esa línea infinita que se dibuja contra el horizonte, como prometiendo una eternidad azul allá donde vayas. Después de eso, cuando me atrevo a ascender mi atrevimiento hasta tu mirada arqueada entre las copas de la mesa, sólo deseo ser uno de esos pájaros que se aleja por un instante de esa visión añil, demasiado perfecta.

Creo que no sabría explicarte de ninguna otra manera cómo tu silencio se agolpa entre mis vértebras y me hace poco más que una sombra imperecedera. La verdad es que daría cualquier cosa por volver a atarme como si nada en esos hombros tensionados, y encerrar en ellos todas esas palabras que nos separan en dos sendos bloques de tierra. Y acariciar tus párpados y todas tus inseguridades, y abrazarlas como si fuesen las mías para siempre, pase lo que pase.

Pestañeas. Y con la yema de tus dedos rozas la madera cuarteada de la mesa. Di algo. Por favor, sólo di algo. Porque yo no quiero irme, ni quiero que desaparezcas. Inspiro. Expiro. E intento entrecerrar tras las puertas de la esperanza, cada una de las razones que se agolpan en mi cabeza, por las que todo podría terminar aquí. Ahora. Pero yo… No… Yo sólo quiero volver a todo lo que éramos hace apenas unos instantes. Y contemplar ese horizonte azul e interminable una, diez y mil veces más, mientras tu vida se enreda un día más a la mía, como un oleaje suave. Azul y constante.

Di algo. Fotos: Paula Méndez

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