Puedes leer aquí la primera parte de esta historia.

Siento como mi aturdida e impetuosa sangre golpea mis sienes con fuerza. Abril está viva, ¿sabes? Creo que podría jurarlo. Me he despertado hace apenas unos segundos todavía encogida bajo sus sábanas y he encontrado algo. Era un post-it de esos azules que solían rondar por su habitación, sobre los que le divertía dibujar garabatos durante aquellas incontables y eternas llamadas telefónicas. Ahora lo arrugo entre los dedos de mis manos. Y aprieto un poco más mis pasos de corderillo extasiado, mientras vuelven a escribirse sobre las baldosas otra vez esos números.

5 4 0 7 3

Giro a la derecha. Sé que suena estúpido, pero sé perfectamente a qué corresponden esas cifras. Es un tren: Londres – Manchester. Abril lo mencionó en un par de ocasiones. Creo que nunca hablamos del por qué quería ir. Supuse que a lo mejor vivían allí sus padres, o que quizás tuviese una entrevista de trabajo. Obviamente, si hubiese sido por un chico me habría enterado rápido. Asegurado. Pero aún recuerdo leer esos números del billete en su vieja y moteada pantalla. Subo las escaleras de Chester Square e intento recuperar el aliento. ¿Y si en realidad ese viaje tiene un motivo? ¿Y si Abril realmente planeaba desaparecer conscientemente y sale en apenas quince minutos hacia Manchester?

Mi piel se agrieta en la inquietud que trae consigo su recuerdo. Me encantaría enredar ahora mismo todas mis inseguridades a los rizos de su pelo caoba. Y escuchar una vez más esa serenidad anclada a su voz grave y solitaria, diciéndome que si algún día no me calmo, moriré de los nervios. Entro en la Estación de Victoria. Noto como mis pómulos se encienden como una llama inesperada, a la vez que la mirada perpleja de una pareja apoyada sobre la pared de mi izquierda, me vigila estupefacta. Sí, puede que algún día muera de nervios. No sé. De alguna manera, Abril y yo sólo somos (¿éramos?) una. Y hoy, he aprendido que la mitad de mi, quiere irse sin dejar una huella.

Uno, dos, tres, mi tren es el tercero de la lista de próximos viajes. Andén número trece. Sale en cuatro minutos. Pero un guardia de seguridad con la piel granulienta no me deja entrar a la vía sin mi billete. Le he dicho que lo he perdido. Y luego que le había mentido, que en realidad estaba allí por una emergencia. Pero no quiere seguir escuchándome. Así que me muerdo los carrillos. Y salto los tornos igual que una atleta en cuanto se da media vuelta.

El tren pita y van a cerrarse las puertas. Pero no importa, un hombre amable de la estación se piensa que soy sólo una pasajera rezagada y las sujeta. ¿Abril? Siento como cada una de mis vértebras se paraliza en el silencio. Nuestro silencio. La oscuridad de los ojos perplejos de Abril me advierte ahora que no me acerque más, que encontrarla no ha sido una buena idea.  Fotos: Paula Méndez

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