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Conocí a Rose en uno de mis puentes favoritos de Londres, el de Hammersmith. No recuerdo si había llegado ya el invierno, pero sí como los rayos de un sol apagándose, intentaban abrirse paso entre mi jersey de agujeros sin lograr que su calidez pudiese arroparme. Supongo que visto así, era una tarde cualquiera en Londres. Café en la mano, la falda de cuadros torciéndose a cada paso y las prisas ancladas a mis tobillos adormecidos, intentando llegar a tiempo a esa estúpida clase extraescolar de música y canto a la que, como era imposible que me imaginara, sería la última a la que asistiría nunca.

La Rose que conocí por aquel entonces llevaba una melena rubia oxigenada, con una sutil onda, aún no sé si completamente premeditada o propia de una ducha rápida, que curvaba las puntas de su cabello hacia fuera. Tenía los ojos ligeramente rasgados y los llenaba una oscuridad tenue, pero perfectamente cautivadora. Aquel día, sus pómulos se habían contagiado de ese rubor rosado que sólo parece apropiado para rostros como el suyo, de muñeca. Y sus párpados finos temblaban. Iba en un coche azul marino, puede que un Lexus pero no soy muy de fijarme en esas cosas, y justo antes de hacer descender sus piernas largas y envueltas en unas medias de encaje grisáceo, vi como cerraba los ojos contra el cristal, aún manchado en la lluvia de un ayer desencajado, quizás deseando estar en cualquier otro lugar del mundo del que nos encontrábamos.

Poco después atravesaba el puente en mi dirección con unas botas de caucho embarradas, y cinco bolsas de tela atadas entre los brazos. Llevaba un vestido corto, de un color azul que me recordó al verano. Y se pasaba una y otra vez uno de sus mechones más alineados tras la oreja, quizás consciente de mi mirada curiosa a unos escasos centrímetros ya de ella. Tenía aire de estrella de cine británico, de bailarina o escritora o… No sé. De una artista que todavía no se ha encontrado. Nos cruzamos como lo que éramos, dos extrañas sin nada que decirse, en mitad de un día cualquiera. Yo le sonreí tímidamente. Aún no sé por qué, quizás fue un autorreflejo a su belleza distante y etérea. Sólo que su mirada no se inquietó, ni pareció incluirme en su lista de planes. Rose se perdió de mi vista rápido, muy rápido, aunque no para siempre como suele pasar en este tipo de casos.

Porque cuando ya me había olvidado de ella, una manzana más allá, a apenas doce minutos de mi academia, unas uñas rojizas rozaron con suavidad mi espalda. Casi sin darme tiempo a decir nada, me dio una de las bolsas de tela de las que cargaba en el puente, y con una voz más rasgada de la que hubiese imaginado, me dijo que me la regalaba. Creo que debí de fruncir el ceño algo más de lo debido en circunstancias tan aleatorias como aquella, porque ella plegó sus labios en una mueca deshecha, e intentó marcharse. Sin saber todavía qué había en la bolsa, le di las gracias y también la dirección de mi instituto, por si se arrepentía de hacerle regalos a una extraña. Ella ladeó el cuello con elegancia y se dio media vuelta. Y yo, con el corazón agazapado en la extrañeza, saludé a mis nuevos zapatos LeBoutin, talla 38, la mía, la perfecta.

Rose vino a visitarme al día siguiente al instituto, arrependida, claro. Al parecer sólo era una chica más en un día de ruptura deshaciéndose de cada uno de los regalos que su novio piloto le había hecho durante apenas un año. Ese mismo día, tras devolverle aquellos tacones de infarto, me dijo que dejase las clases de canto si tanto las odiaba, y me enseñó también a combinar el estampado y el color, y a pintarme las uñas sin salirme por los lados. Ya os contaré más historias sobre ella pero, desde aquel día, Rose se volvió para mí de esa clase de amigas que recuerda hasta los secretos que yo he olvidado. Ya sabes… De ésas que encienden el mundo cuando lleva demasiado tiempo apagado. Fotos Paula Méndez.

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