Uno, dos pestañeos apagados entre las sábanas deshechas. El cuerpo inerte, fragmentado en el silencio que contagia esta casa envejecida y estrecha. Las paredes tiemblan, hace frío sin ti. Encojo las piernas y abrazo mis rodillas, supongo que intentando rememorar la vivacidad de aquellos rayos de sol que aún puedan dormir entre mis vértebras. Inspiro. Entrelazo mis manos. Sí, puede que me den algo de miedo las nubes de tormenta. En realidad, más que ellas mismas, creo que lo que me da miedo es la luz con la que parecen dominar de pronto el planeta. Es casi como si esa semioscuridad con la que nos contagian quisiese contaminar cada centímetro de mi piel hasta hacerlo denso y rígido, frío y lacerante. Igual de frágil y pernicioso que un cristal a punto de fragmentarse.

La lluvia es nostalgia, y me obliga a echar de menos. Siempre en la misma postura, siempre en la misma cama. Sólo que ahora es algo diferente respecto de antes, ¿sabes? Porque ya no me hace volver a aquellos días infinitos de playa, o a esas tardes de escritura sobre la ventana iluminada, no. Tampoco me hace recordar esa sonrisa tímida en el rostro templado de mi hermana cuando volvía con los zapatos mojados. Ni la fugacidad de ese cortocircuito interno cuando tus labios me encontraron bajo el diluvio de un abril grisáceo. Ahora no echo de menos un instante concreto. Sino quién era yo antes de todo esto.

Echo de menos reír al ver volar las palomitas por las aires y que mi trabajo fuese hacer más y más tandas durante toda la tarde. Echo de menos las marcas en mis costillas afiladas por llevar durante algunas horas de más aquel sujetador demasiado apretado. Dibujar en servilletas, el groupie style y no necesitar un espejo en semanas. Ese hormigueo que me recorría en el cuarto oscuro al positivar una de mis fotos de carrete antiguo. Echo de menos esos castings para ser la doble de alguna actriz, aunque jamás hubiese actuado. Presionar el botón de ‘delete’ una y otra vez, sin importar qué estuviese borrando. Cómo me vibraba el pie izquierdo en el embrague cuando cogí por primera vez el coche de mi madre. Pensar en el futuro sin que éste se presentase como un monstruo de cuerpo retorcido y dientes largos. Los flequillos desiguales, Kate Moss con Johnny Depp, y que perder el tiempo no fuese algo tan malo. No sé, no me malinterpretes. No es que me guste vivir en pasado. Es más que el corazón araña la madera de esas puertas desgastadas de lo que un día fui, cuando escucho la lluvia caer sobre los cristales. Y me gusta abrirlas, un poco, sólo un poco, aunque sólo sea mientras no cese la tormenta.

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