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Un vendaval sutil pero insistente meciendo mi melena rubia y lacia. El flequillo en la cara, y una sonrisa abierta y descarada a un mundo que, como un tiovivo eterno, me prometía un centenar de historias inacabadas. Recuerdo como mis pies se deslizaban por una pista de hielo invisible, y como en un movimiento casi elegante, mis manos se cruzaban una y otra vez en un cielo nublado en la desgana. Creo que tenía cuatro años. Y aún puedo sentir cómo mi piel se encendía en ese deseo tan fortuito como inequívoco al haber tropezado con mi ansiada futura profesión en el hielo sin haber querido encontrarla. Supongo que saqué la idea de algún campeonato olímpico de patinadores que retransmitieran por la televisión entonces. Y por fin tenía respuesta para esa pregunta que no paraba de escucharse en el colegio cada mañana: “¿Qué quieres ser de mayor?” Creo a día de hoy, todavía no sé contestarla. Porque entonces, después de la fase de patinadora, me vino la de la veterinaria, y luego ya… enmudecí hasta, por lo menos, la secundaria. En aquel momento llegué a pensar que esa pregunta ya no se respondía con una mera profesión, sino con un millón de factores más que se enredaban a nuestra compleja existencia y que hacían imposible la respuesta sin una hora y varios folios de papel para contestarla.

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Y, otra vez, me equivocaba. Han pasado algunos años, y la mitad de la gente que conozco se juzga a sí misma y a su entorno por la forma en la que trae el dinero a casa. Incluida yo, a pesar de que intento enterrar el pensamiento bajo las sábanas cada vez que me ahoga. Porque, ¿qué soy? ¿soy escritora, fotógrafa, asistente de iluminación, videógrafa…? Creo que de una forma práctica y formal, si alguien me preguntase que a qué me dedico ahora, contestaría que soy ‘freelance’, la mayoría de veces sólo otra forma de corroborar que no tengo ni idea, o de que soy tantas cosas que a la vez no soy ninguna.

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Y es que, ¿cuántas posibilidades hay de que te guste tu profesión y encima te sientas identificado con ella? La verdad es que no quiero contestar que pocas, porque… aún tengo esperanza en la pregunta y, esta vez, quiero dejar para un futuro cercano la casilla de respuesta en blanco. No sé qué voy a ser de mayor, pero sí quién quiero ser, alguien que no se defina ante una pregunta tan sumamente estúpida.

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