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Cuando me subí en aquel autobús amarillo y destartalado, nunca pensé que fuese a compartirlo con un tipo como Rick Nicholson. Era tímido, y de esas personas que se muerden los padrastros compulsivamente, con las mejillas ruborizadas, denotando vergüenza por hacerlo en público, pero también con el ansia encendida en sus ojos de ese color azul, que a veces se intuye entre las olas más agrestes de un mar que amenaza con llevarse todo a su paso.

Yo viajaba solo también, así que me senté a su lado. Al principio me molestó ese hábito suyo tan poco refinado, y pensé en cambiarme de sitio enseguida. Rick olía a naftalina, suspiraba a menudo, y al presentarse al resto del grupo a petición del guía, murmuró con una voz lánguida y ronca su nombre contra el cristal de las ventanas, con los pómulos contraídos y una vena peligrosamente marcada sobre su sien derecha, casi como si le rogase al universo que hiciese de aquellas palabras, meras motas de polvo en una tormenta de arena.

En mi atenta espera a que hiciésemos la primera parada para poder cambiarme de sitio, ocurrió algo. Llegando al desierto, Rick dejó de invadir mi espacio vital con sus musculosas y desafiantes piernas envueltas en aquel pantalón más apropiado para una reunión con altos cargos en la oficina que para una excursión en pleno África, e hizo de aquel asfixiante silencio que antes le invadía, una cama en la que acunar sus más punzantes y oscuros miedos. Aquel desgarbado y ferviente hombre de cuarenta años y barba erizada comenzó a llorar sin preaviso, en la inquietud de un arenal sin promesas ni vidas más allá de las nuestras.

¿Qué se hace cuando un hombre así solloza junto al hombro de un desconocido? O peor. ¿Qué hacer si es usted mismo el desconocido? Al principio quise hacerme pasar por ciego y sordo. Y puse cada una de mis neuronas más abstraidas y aleatorias a concentrarse en el polvo y la nada que brindaba aquel estúpido desierto. Sí. El horizonte y la arena me invitaban a una de dos opciones: o a hacerme el dormido, o a pretender ser el científico más astuto y curioso del mundo y encontrar algo tan sorprendente e inigualable en aquel desierto adormecido y brillante, con lo que pasar por alto que mi nuevo compañero de viaje, Rick Nicholson, lloraba ahora a mi lado igual que un niño en un rincón, castigado sin helado en una tarde intensa de verano en la piscina.

A mi pesar, el autobús se detuvo en ese preciso momento. La familia ‘monster’, los cuatro amigos de clase y los recién casados, todos ellos víctimas de mi ferviente escrutinio antes de haberme topado con mi nuevo e indeseado acompañante, se bajaron del autobús sin hacerse cómplices de este pobre pasajero perdido en la duda y en el llanto de un gigante. Y yo… Bueno. Decidí volver a apretar el botón de la misericordia, posando mi mano sobre el hombro tembloroso de Rick Nicholson que, a ese paso, había enterrado entre sus manos sus lágrimas de cocodrilo, e intentaba no ser más que un rayo de sol en la soledad de aquel paraje.

A veces, lo mejor que te ocurre en la vida nace así, ¿sabes? De la nada y lo inesperado. Rick Nicholson y yo nos hicimos amigos en ese instante exacto. Resulta que padecía de una inexplorada y compleja enfermedad, cuyo nombre no suelo recordar cuando hablo de esto con mis otros amigos, y que había conllevado a una grave cirugía cerebral de la que había salido ileso. Sólo que sin la capacidad de recrear sus recuerdos previos a la operación. Rick Nicholson era, y es, el hombre sin memoria a largo plazo. A día de hoy, le llamo una vez al mes, por si acaso se le ocurre llevarme a mi también al baúl de los recuerdos. Y en aquel autobús me enseñó, con la mirada hundida en la arena y el corazón encogido en el tiempo, que, a veces no hay nada más bello y más humano en el mundo, que el deseo de fundirse en la inexistencia de un desierto tan vacío y ajeno a la vida que sigue para el resto.

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