La brisa enredada a su melena rebelde y tostada. Las manos intranquilas y, aún así, decididas sobre el volante. El humo en los labios. Uno y dos pestañeos perdidos sobre esta carretera de oscuridad y fragilidades. Y su respiración agitada entre un centenar de palabras y sueños inagotables. Vuelvo a mirarla. Para mí Cristina siempre ha sido la chica de la sonrisa eterna. Teníamos… ¿Tres, cuatro años cuando mi mirada tímida decidió fijarse en ella un día en el patio del colegio? En general, la mayoría de niñas le teníamos algo de envidia. Daba igual cuál fuese el juego, o la función que se representase en aquel momento y, con los años, ella siempre era protagonista. Y tardé algo de tiempo en entenderlo entonces, pero…, la verdad es que tenía sentido. Ella es de esas personas que, simplemente, tienen algo. Algo como la calidez que contagia un rayo de sol a la piel todavía adormecida. Algo como el grito de una voz que siempre estuvo cohibida. Despertar en verano, el primer acorde de tu canción favorita. Y el atardecer de un día que todavía no ha terminado. 

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