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Descubrí ‘It’ de Alexa Chung, en un vuelo Madrid-Londres. Era Diciembre, y aunque ya estaba dentro del avión, seguía cubriéndome las medias algo rasgadas y ahora lo sé, puede que demasiado finas, con mi abrigo y el de mi novio, que estaba sentado leyendo también a mi lado. Recuerdo reclinar la cabeza sobre su hombro, e intentar olvidar el ruido del despliegue de las alas del aparato sumergiéndome de lleno en aquel libro de páginas gruesas y fotos en blanco y negro. Nunca me había considerado especialmente fan de Alexa Chung. Y la verdad es que, ya habiendo despegado, me lanzaba entre aquellas nubes densas de lluvia pensamientos interesantes. Entre ellos, hoy me quedo con uno: el del primer amor consciente.    

Supongo que igual que para ella y para muchos de los que estéis leyendo, sería algo así como el primer impulso eléctrico que envuelve nuestro corazón inocente un día cualquiera, y que le da sentido al mundo después de (muy) pocos años de existencia. Una predilección diferente a ese reflejo natural que se tiene de amar para siempre a los padres, y aun voluntaria y perecedera con los años, igual de profunda e impetuosa que esta. No hay dudas, mi primer amor es mi hermana pequeña.

Al principio, (o al menos en el principio que yo recuerdo), mi primer amor era turbio y obstinado. Un seísmo enfurecido, el epicentro del todo que determinaba que el resto había dejado de importar algo. Sus rizos cerrados y oscuros se columpiaban sobre esos mofletes encendidos e hinchados. Fruncía el ceño y también un poco los labios. Y cómo olvidar esa mirada dorada y despierta, con la que verdaderamente se intuía quién o qué sería su siguiente víctima sin lugar a resistencia. Sí, era un poco el diablo. Y también la criatura más extraordinaria y hermosa que había visto hasta entonces, y que, a mi ojos de niña, prometía no marcharse fácilmente de mi lado.  

Y no lo ha hecho nunca. Después de una decena de ataques de polillas malvadas, carretera y manta en posturas científicamente impensables, fresas con o sin nata, casas y, por qué no, monumentos a las barbies, Converse, Vans y vuelta a las Converse, aparatos en los dientes, y perros ladrones de sandwiches, las ‘Spice Girls’, cookie dough y series inacabables, mudanzas y amores a distancia, esperar al autobús bajo la lluvia y con la ropa empapada, pájaros que llaman a la ventana, lágrimas, y secretos que no se dicen en voz alta… Creo que la lista es y será eterna, ¿sabes? Y los hechos innegables, claro: en mi vida no hay (ni habrá) nadie como ella.

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