Cuando conocí a Abril mi piel tembló igual que con esa primera gota de lluvia que te roza a ti ahora. Suave pero obstinada. Verdaderamente obstinada. Creo que nunca antes había coincidido con una persona que midiese menos sus movimientos o palabras y que, contrariamente al resto de mortales, saliese airosa y radiante de todas y cada una de las situaciones en las que podía encontrarse. Si se hubiese colado por alguna puerta trasera del palacio de Buckingham, Inglaterra tendría una nueva reina a punto de ser nombrada. Abril nunca pagó una entrada de cine, ni tampoco siquiera la mitad del alquiler del piso que compartimos durante años. Al final siempre era lo mismo, todos y cada uno de nosotros caíamos rendidos a sus formas. Y a aquellos ojos negros con los que nos admiraba quien sabe si con o sin ganas.

Hoy dos agentes de policía han llamado a nuestra puerta de madera ajada. Y he sentido la frialdad de la lluvia sobre cada una una de sus astillas propagándose hasta mi corazón desbordado, cuando me han dicho que Abril se ha ido sin dejar rastro. Uno, dos, tres, cuatro. He contado los segundos de pausa que se ha dado el agente más menudo y de pelo agrisado para decirme que, tras dos semanas de búsqueda exhausta, podía prepararme para cualquier cosa. Cualquier cosa. Así que antes de imaginarme el cuerpo de Abril sin vida, me he encerrado entre las paredes de su cuarto a intentar revivirla entre sus sombras.

Me aprieto contra una de sus faldas favoritas, y ese estúpido conejo de peluche de felpa que le regaló algún novio como una promesa lanzada al aire sin expectativas de ser escuchada. Todavía puedo escuchar también la incoherencia del discurso de aquel agente rebotando contra su memoria intacta. Abril está más viva que nunca. ¿No? Tiene que estarlo. Me acurruco un poco más entre sus sábanas grisáceas. Y dejo que esa brisa cargada mezca un poco más la nube de pensamientos que poco a poco me asfixia. Tiene que estarlo. Me muerdo los labios. Me imagino a Abril subida en un transatlántico con ese biquini de rayas que tanto me gustaba robarle y un pañuelo de seda sobre sus muslos delgados. O quizás en una cafetería al norte de Nevada, con un gorro de lana ahuecado cubriendo su rostro confiado de la lluvia. Quizás estrechando la mano de ese nuevo amor que la arrancó de entre estos muros que ahora lloran su ausencia aúrea. Arrugo todas mis dudas entre los pliegues de las sábanas. Y la lluvia escala hasta mi piel, y hoy, sólo hoy, la hace temblar desgarrando la esperanza. Fotos: Paula Méndez

Coméntalo

comentarios