El movimiento incesante. La piel impasible, adormecida. Eternidades perfectas. Hay amaneceres en los que siento como el agua me lleva. Es extraño, pero podría jurar cómo el océano abraza cada centímetro de mi cuerpo prometiendo no volver a soltarlo. Y, poco a poco, el frío me atrapa. El aire no me llena. Se apagan mis ojos, mis ganas. Y el mundo se vuelve algo tan pequeño y frívolo como una fina e invisible mota de polvo que el viento se lleva un día cualquiera.

Entonces me despierto. Mi corazón todavía tiembla. Y mis manos se han aferrado a unas sábanas que, con su aspereza, parecen prometer que mis sueños bajo el agua no son más que el miedo conquistando mi pecho. Suspiro y se enredan mis brazos todavía con más fuerza a esta cama. Supongo que sólo es eso… ¿No? No sé. Últimamente no puedo dejar de pensar que el mundo es un mar de cuerpos perdidos y preguntas hacia ninguna parte. Que cada dirección, cada certeza que antes creíamos válida, se ha difuminado a las orillas de esta tierra de escombros bajo sus aguas.

¿Te has dado cuenta de que para muchos de nosotros ya no hay nada sólido a lo que aferrarse? ¿Que las puertas ya no abren caminos sino que son saltos desde los acantilados hasta este mar de inseguridades? A veces parece que la vida se ha convertido en eso, en el enredo del agua sobre nuestros pasos inexpertos. En promesas llenas de arena y vencimiento. En todas esas olas de sueños que se deshacen en los años que pasan, y pasan, sin que se cumpla uno de ellos.

Y sí, puede que yo tenga algo de miedo. Y puede, también, que al final todo salga bien, que mi cuerpo nade tan fuerte que pronto salga a la superficie, lejos de este océano de oscuridad y soledades a la vez tan brillantes. Y lograr que ese mar de miedos me abandone, y que la incertidumbre deje por fin de abrazarme. Y entonces… ¿Crees que volveré a encontrarme?

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