Hay veces en las que he necesitado pausar mi vida durante algo más que un simple instante. Hablo de ir más allá de una escapada espontánea de fin de semana para huir del trabajo, o de enterrarse entre las sábanas durante un día entero para olvidar una noche demasiado humillante. Me refiero a crear un paréntesis, a recorrer durante una etapa un sendero de tierra espesa y hierbas mal cortadas, que se desvía ligeramente de nuestro usual camino de baldosas perfectas. Quizás porque éstas se rompieron o…, simplemente porque no me llevaron donde esperaba.

Mi camino de baldosas me arañó un día el corazón y no me recondujo a encontrar las suturas adecuadas. Y así, sin más, mi cuerpo se detuvo en una fracción de segundo de la que no se supo mover a partir de entonces. Los días pasaban y me dejaban atrás, congelada en un abrazo a todo lo que ya no estaba. Y mi corazón de invierno y cicatrices abiertas me pidió que me marchara.

Sin saber como, un tiempo después cliqué el botón de pausa. Y la vida me empujó a seguir, cruzando Europa, en una casita de techos agrietados y paredes amarillentas, al Norte de Inglaterra. Es curioso como establecerse allí significa también empujarse a uno mismo a enmascararse, a ser quien quieras, o directamente, a no ser nadie durante el tiempo que decidas quedarte. En mi caso, el dolor seguía enredado a mis huesos, sí, pero ya no me importaba porque apenas tenía sentido entre aquellas calles de ladrillo oscuro y adoquines grisáceos. Y es que me había perdido conscientemente y ya no sabía si algún día querría volver.

Creo que fue el año más solitario y sin sentido que he vivido nunca. Y por ello, también uno de los que más me ha enseñado: a que perderse en un bosque en Halloween de camino a una fiesta puede ser mucho más divertido que la propia fiesta, a como ser la chica misteriosa de la clase, a llevar medias siempre sin importar a dónde fuera. A salir sola a pisar la nieve, a dejar la mente en blanco en mitad de un examen. A que mirar a las ardillas corretear desde la ventana puede ser el mejor pasatiempo del día. A comer como una alemana, a encerrarme en un tren y pasarme de parada. A cantar en voz alta sabiendo que mis compañeros de piso me escuchaban. A olvidar, olvidar, olvidar, a que la vida a veces no sale como quieres, a que sea como sea, la vida no se pausa, ni existen los caminos de baldosas perfectas. A que en momentos como éste, lo único que importa es seguir hacia delante.

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