Uno, dos pasos manchados en sentimientos imprecisos y el tiempo que nos robaron. Castillos de arena blanca derruyendo un corazón lleno de espinas amargas. Cien bancos de niebla entre lágrimas agitadas. Flores de almendro surcando el invierno en mitad de una playa. Y una autopista camuflada en cada una de esas palabras que nunca pronunciaron tus labios agrietados y sedientos, quizá, de toda una vida que se había escurrido como una ola rauda entre tus manos agitadas. Todas son imágenes de una memoria distorsionada. La mía. Creo que lo llaman “memoria selectiva” o, lo que es lo mismo, una colección de recuerdos desalmados que, en mi caso, se enmarañan unos con otros hasta convertirse en historias sin un sentido claro. En general siempre he tenido más facilidad para almacenar en esos estantes de madera carcomida, un elenco de sensaciones únicas y nacaradas. En especial los olores. Todavía recuerdo el aroma de aquellas témperas en el colegio a finales de año; como olía tu piel ya a verano a principios de mayo, o el olor de la lluvia devolviéndole al aire su entereza en aquel cementerio de despedidas tan frágiles como eternas.

Quizás lo que me atrae de la memoria es que es plenamente inconsciente, ¿sabes? Aunque sí, es verdad que se puede manipular un recuerdo hasta hacerlo tan nítido como el brillo sobre la oscuridad más solemne de un manto de estrellas, pero nunca corre del todo de una ley física perfecta. Y eso me encanta. Conozco a gente capaz de desempolvar reminiscencias de hace años y más años, y lograr acordarse de con qué zapatillas se enfrentaba al mundo sin dudarlo. Sé de una persona que perdió el oído temporalmente durante un periodo de tormentas sociales o de alguien que disipa con el paso del tiempo uno a uno sus recuerdos, como un libro al cerrarse.

Yo no tengo mala memoria, pero a veces sí me juega malas pasadas. Me parece que es porque se cree el escudo que me envuelve en situaciones violentas o inestables, y decide bloquear la entrada de todo aquello que una vez me hizo daño para que no vuelva a rasgar mis heridas pendientes de cerrarse. Ésa es la razón por la que no recuerdo a día de hoy el accidente que se llevó a una de las cosas a las que más quise nunca, o esos detalles tan mínimos como extraordinarios que emborronan, cada vez más, las siluetas de todas esas personas que se fueron cuando aun no estaba dispuesta a que se marchasen. Y me araña, me ahoga, me envenena no recordar todo lo que mi memoria me arrebata con la idea de que salga ilesa. Porque la mente olvida, pero el corazón no se deshace así como así de aquello que alguna vez lo ha llenado. Y supongo que recordarlo todo sería tan aterrador como no recordar nada en absoluto, ¿verdad? Pero a veces lo daría todo por volver a cruzar una vez más mi mirada con tus ojos enterrados en nuestras mil y una verdades que, sin ti, se perdieron en ninguna parte.

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