Alice cerró la puerta con los dedos tibios, todavía enredados en la brisa que traía consigo esa estúpida tormenta de verano. Sus mejillas habían perdido el contouring que le hacía verse más delgada, y su otra mano temblaba compulsivamente, al ser, para sus minúsculos huesos, demasiado pesada aquella maleta de cuero verde que llevaba arrastrando ya hacía más de dos horas y cuarenta minutos largos. Para Alice, fashion blogguer en una revista de moda británica, aquel día había sido una auténtica desgracia: No sólo su vuelo, 297 Edinburgh – Manchester, en el que ya embarcaba junto al resto de pasajeros, había sido cancelado, sino que había tenido que pelearse con una mujer de rizos encrespados por un taxi, y había perdido su mejor pashmina gris, puede que en el mostrador de aquel azafato de ojos caídos y lunares poco agraciados. Estaba claro. Alice no había tenido más remedio que dignarse a esperar una noche entera en aquel hotel siniestro y de paredes de papel pintado empalidecido en los años. Y no se le ocurría otra cosa que pudiese apetecerle menos. Aunque a mí sí. Y muchas.

Su noche empeoró aún más cuando se golpeó su empeine derecho descalzo contra una de las patas de aquella cama voluptuosa y, aunque perfectamente plegada, culpable del olor corrosivo y áspero que inundaba la habitación, como de un cementerio de tenues y quebradizas rosas. Tampoco tenía wifi. Genial. Adiós a los mensajes, adiós a esa nana que le cantaba Instragram antes de dormir, revelándole un poco más de los secretos de, entre otras, muchas otras, Kim Kardashian y Suki Waterhouse. Sí, los suspiros de Alice podían oirse en cualquier otra galaxia. Así que, resignada, se puso el pijama. Y esperó a que el servicio de habitaciones le trajese algo más que un sandwich de atún húmedo y una bolsa de patatas saladas.

Treinta y seís canales descartados de televisión más tarde, y las piernas retorcidas en el aire, alguien llamó a su puerta, justo cuando las ramas de los fresnos más cercanos amenazaban con sus cánticos en hacer una lluvia de cristales naufragados sobre la alfombra deshilachada. Por lo menos su cena había llegado a tiempo. O eso pensaba. Porque al abrir de nuevo aquel portón de madera desgastada, su mirada parduzca volvió a encontrarse con aquel rostro de lunares. Oh no. ¿Por qué venía un azafato a visitarla en mitad de la madrugada? Su piel aceitunada brillaba al son de los neones de emergencia que iluminaban sutilmente la entrada. Y su boca de dientes torcidos se plegaba asimétricamente en todas las palabras que Alice rezaba porque no llegara a pronunciar nunca. Después de un silencio demasiado largo, Alice supo que aquel azafato no venía en una misión de la compañía aérea. Y su corazón se encogió un poco más de lo que jamás reconocería en sus conversaciones de whatsapp. Porque aquel chico de mirada caída y uniforme arrugado se había colado en su cuarto, y mecía compulsivamente algo entre sus manos.

¿Y si era un asesino demente que venía a matarla? ¿O una de esas personas que se había obsesionado con ella y su cuenta de Facebook, y sólo venía a por un autógrafo? Supongo que nunca nos enteraremos, ¿sabes? Porque Alice estaba soñando, con su melena castaña algo más rizada de lo que querría sobre aquel asiento del avión 297, y el rimmel ligeramente corrido bajo sus pestañas confundidas en el cansancio. Fotos Paula Méndez.

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