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Mad Max: Salvaje de Autopista (1971). Mad Max 2: El guerrero de la carretera (1981). George Miller. Australia. Acción sci-fi
Reestreno el 30 de abril

 

CUANDO MEL GIBSON ERA COOL

El reestreno de películas antiguas, esa curiosidad tan estimulante como inhabitual, nos brinda esta semana programa doble: el reestreno en cines de toda España de las dos míticas entregas de la saga Mad Max protagonizadas por Mel Gibson, calentando motores (nunca mejor dicho) para la nueva secuela que se estrenará en mayo (Mad Max: Fury Road), nada menos que 34 años después de la segunda entrega.

La nueva película tiene dos bazas muy a su favor: primero, que se trata de una secuela, no de un remake, y segundo, que el máximo responsable del guión y la dirección es de nuevo George Miller. Esto es, el mismo australiano que, hace más de tres décadas, escribió con otro aficionado al cine amateur un guión inspirado en las truculentas heridas de accidentes de tráfico que atendía en su trabajo de médico de urgencias, así como en los peores recuerdos de los años de la crisis del petróleo. Es tópico decir que la mayoría de las películas futuristas revelan con transparencia el zeitgeist de la época en la que fueron rodadas. Mad Max salió quemando rueda de Australia a finales de los 70, al volante del símbolo perfecto de una crisis, la del petróleo, que en esa década había parado en seco, por primera vez, la prosperidad de los países occidentales tras la Segunda Guerra Mundial. La producción australiana de la película no es casual: la baja densidad de población y la dispersión de los pueblos a lo largo y ancho del continente hacían de la gasolina un elemento vital para el transporte y el abastecimiento de los productos más básicos.

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No es de extrañar que de eso salieran dos títulos (tres, si contamos el bluff que supuso la entrega con Tina Turner) definitorios de la ficción postapocalíptica, con una mezcla de géneros que, más que un cóctel orquestado por un barman experimentado, tira de la técnica botellón: viértase aquí un batiburrillo de ironías y referencias con el desorden y desconcierto propios de la serie B. Dos películas anárquicas y descoyuntadas, desinhibidas, (auto)paródicas, secas, brutas y pioneras en el uso de la violencia de forma puramente lúdica, una dinámica muy ajena al cine de por aquel entonces. La simpleza de la base argumental (la primera, thriller de acción, carreras y venganza; la segunda, western a mayor gloria del heroico jinete solitario que salva a los colonos sitiados por los salvajes) funciona como tabla rasa sobre la que plantar imágenes de despiporre demencial que convertirían a la serie en rotundo mito pop: por un lado, el furor por la carrocería en los desvencijados coches, motos, scooters, camiones y, en general, cualquier cacharro al que pueda adosarse un motor que petardee fuerte y suelte mucho humo, y por otro, el toque de gracia: los aires gayer-punk de los saqueadores más divertidos de la gran pantalla, embutidos en cuero de pies a cabeza con sus bombers, sus crestas, sus fornidos bíceps y sus botas de caucho. Un planteamiento que, unida a la ecuación desierto más cochambre (o el chatarrero del barrio como modelo de adaptación ventajosa para sobrevivir) invita a enterrar en el olvido lo que sea que pensemos sobre Mel Gibson hoy y recordar cómo se hizo con el papel: acompañando a un amigo en el casting con la cara morada por una pelea. El principio de una estrella, de un culto, es a veces así de incongruente y cómico. Como estas películas.

 

MAD MAX

Quién: Mel Gibson como aguerrido mesías de la colonización y la prosperidad.
Qué: Persecuciones de carretera, bandidos hipertestosterónicos, líneas de fuego y
adrenalina por un tubo.
Cuándo: En un futuro postapocalíptico inspirado en crisis del petróleo de los 70.
Dónde: En una Australia desértica y destartalada.
Por qué: Por su genuino gamberrismo punk y sus inspiradas coreografías.

 

MAD MAX 2

Posología: Mamporreros, esnifadores de gasolina, queers y piratas del motor.
Contraindicaciones: Domingueros, bicicríticos, ambientalistas.
Efectos secundarios: Punzadas agudas en el orgullo macho. Se recomienda no adoptar el atuendo de los protagonistas para uso doméstico por posible dolor testicular colateral.
Véase también: 1997, Rescate en Nueva York, rareza insólita a rescatar buceando
en las profundidades de Internet.
Pedigrí: 30 generaciones de aficionados a la serie B rendidas a su iconografía cult. ¿Alguien da más?

 

MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA

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