Georges Ducruet era un hombre elegante. Posiblemente no hubiera nadie en Annecy (un encantador pueblecito francés al pie de los Alpes) que negara los dotes de gentleman de este talentoso sastre cuyo mayor logro era, sin duda, conservar la misma motivación que quien acaba de cortar su primera prenda tras años y años de dedicación al oficio. Georges amaba su trabajo, y ganas de innovar no le faltaban. Corrían los últimos años de los cincuenta, y el blanco impoluto de las cumbres de las montañas comenzaba a teñirse de pisadas. Las telesillas adornaban el skyline nevado, señal de su apertura al público deseoso de subirse a unos esquís. Georges observaba la escena desde la ventana de su taller cuando una idea iluminó su mente: ¿por qué no crear una chaqueta de esquí con corte de sastre? Una prenda que, además de cumplir con eso del “ande yo caliente” (más necesario que nunca cuando de practicar este deporte se trata), mantuviese intacta la elegancia de sus practicantes conservando las prestaciones técnicas necesarias. Y así fue como surgió la idea de crear Eider, su propia marca de ropa que pronto trascendería del mundo de los deportes de invierno para hacerse un hueco en casi cualquier lugar del globo.

El nombre, inspirado en el pato migratorio homónimo (cuya pluma fue elegida por el sastre debido a su ligereza y sus propiedades aislantes) es sólo una de las tantas curiosidades que esta marca alberga en su apasionante historia. El negocio de Georges se fue desarrollando e industrializando hasta el punto que, medio siglo después, el equipo de Eider está detrás de la confección de 293.324 artículos para hombre y mujer al año, distribuyéndose en cuatro continentes y veintiséis países. 
En invierno visten a montañeros, esquiadores, freeriders, y urbanitas de las ciudades más cosmopolitas (aquellos que saben aprovechar las ventajas de las características técnicas de estas prendas –con una estética impecable e ideal para los looks más sportivos– en un entorno urbano); y en verano, a excursionistas y escaladores. Continúan eligiendo los mejores materiales y buscando ideas innovadoras para protegernos de los climas más hostiles, sin olvidar la importancia que tiene prestar atención a los detalles, el corte y el patronaje. Además, aún hoy los prototipos de sus prendas se desarrollan en aquel pueblecito de montaña, Annecy, y todo el equipo de la marca trabaja contagiado de la pasión y el savoir-faire que Georges Ducruet transmitió a sus descendientes. Lo sabe el esquiador y lo conoce aquel que ha decidido sumar una de estas prendas a sus outfits más todoterreno para plantarle cara al frío de cualquier ciudad sin perder ni un ápice de elegancia. Look good, feel good!

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