Era martes, 18 de noviembre. Recuerdo aquel vertiginoso movimiento del tren en su carrera por vencer a un atardecer inquieto y centelleante. El frío enredado a mis huesos vulnerables, extenuados. Los ojos casi cerrados. Y lo que parecían un centenar de paradas hasta lograr, por fin, volver a casa.

Es curioso como, en circunstancias parecidas a estas, se hace demasiado fácil escuchar las conversaciones ajenas. En mi caso, no sólo las escucho, sino que, de alguna manera, todas esas palabras de otros, se enredan a mis pensamientos como si, en algún momento de mi vida, hubiesen formado parte de mí misma.

El caso es que, esta vez, la conversación en la que me vi envuelta tenía más que ver conmigo que ninguna otra.

  • Ay, boba… ¿No sabes que una de un escritor no se enamora? –le decía una chica joven a otra–.
  • Y, ¿por qué no?. Vamos a ver…
  • Porque son unos raros, tía.
  • ¿Por? Dicen que la mayoría están un poco pirados, pero…
  • A ver… ¿No has pensado que podrías encontrarte con tu vida en el periódico? O que a lo mejor te dice un te quiero pensando en… ¡Dios, como te odio pedazo de loca!

Creo que mi carcajada resonó demasiado alto, porque, de repente, aquellas dos voces se callaron. Esperé un poco, pero lo único que logré volver a escuchar fue el chasquido de unas uñas, y el mascar insistente de un chicle ya algo desmenuzado.

Es verdad que enamorarse de un escritor no debe de ser nada fácil. Al menos de mí no. ¿Cuántas veces se puede aguantar que revuelva cada una de las cosas que llevo en el bolso en un cine en penumbra y en completo silencio, por lograr apuntar sobre mi libreta una frase que me ha inspirado? ¿Los días de drama sin un verdadero drama? ¿Y todas esas noches con demasiadas palabras? Por no hablar de los restos de tinta que recubren durante horas mis manos en días de creaciones agitadas.

Lo sé. Sí. Los escritores no somos el mejor partido. Pero, ¿sabes qué? Que si nos reímos lo hacemos siempre más alto que el resto, porque lo hacemos de verdad. Nuestras palabras no se lanzan al cielo y ya está, siempre significan algo. Y nunca, nunca, nos dejan tranquilos. El arte nos enciende la piel, de una manera que poca gente entiende. Y, en mi caso, si no consigo plasmar alguna de mis historias sobre el papel, me araña por dentro. Si no sale explosiona. Y si lo hace, pero sin estar unido a un sentimiento, a un sentido claro… Me ahoga.

Puede que nuestro ánimo del día dependa de lo que hayamos escrito, sí. Que, como otros artistas, seamos criaturas vulnerables, y dependientes de las heridas que nos abren las críticas constantes. Y que, algunas veces, la única cura a todo ello sean unos brazos abiertos, y claro… sólo unos en concreto. Pero, ¿sabes qué? Si un escritor elige estar con alguien es porque le mueve por dentro. Y eso es lo único que importa.

 Fotos Paula Méndez

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