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El verano no empieza hasta que una mañana entra por mi ventana el olor a hierba recién cortada. Hasta que no entierro bajo la arena blanca mi incierta e irritante manía de preocuparme por lo que va a ocurrir mañana. Hasta que la cama no me invita a dormir, sino a volver a soñar. Hasta que mis dedos no juegan a atrapar el viento en ese viejo Fiat 500 en el que nos escapamos tú y yo, sin una dirección marcada en ese mapa arrugado.

Aún recuerdo esa sensación de serenidad que me daba quitarme aquellas zapatillas de cordones rosados y ligeramente desteñidos, y hacer libres mis pies contra las baldosas de mi casa, despidiéndome del colegio un curso más. Un verano más. Es como si estuviese viendo claramente esos mofletes rosados, sí, todavía un poco más rosados de lo habitual, pidiendo con los labios muy apretados un helado de fresa y segundos más tarde, a grito pelado, aullando a mi hermana porque se diese más prisa, porque llegábamos tarde a la fiesta. De fin de curso, de un cumpleaños en la piscina improvisado… Quién sabe. Me gustaba meterle prisa.

Cuando me hice más mayor, apenas unas semanas más tarde del comienzo de esa era que parecía contarse aparte de lo que realmente la vida era a diario, me encontraba casi siempre sentada sobre un columpio de metal cobrizo en casa de mis tíos, de noche, pensando. Me costaba recordar lo que era sentir contra la piel un buen jersey de lana, o unas botas forradas de pelo sintético contra los tobillos insensibilizados. Parece que el frío en verano sólo existe en la parte refrigerada de los supermercados. Y yo lo abrazaba en silencio bajo ese manto de estrellas fulgurantes, fingiendo que la brisa veraniega traía consigo esa próxima época que vendría con el frío y septiembre, y un centenar de vivencias nuevas.

Hoy es 22 de julio y todavía no te he echado de menos, invierno. O al menos no tanto como lo hubiese hecho cualquier otro año. Y no porque Madrid se haya templado repentinamente para dejar de ser un horno crispado, o porque de improviso me hubiese escapado a mi adorada Inglaterra de nubes y cielos frígidos y un tanto apáticos. Ojalá, me iba ahora aunque fuese sin equipaje, ya lo sabes. Pero supongo que si todavía no me ha dado tiempo a pensar en lo que traerá el otoño consigo es porque tampoco sé qué esconde tras de sí este verano. Todavía no he tenido tiempo de quitarme las zapatillas, de enredar mis pensamientos inquietos a la arena, o de mirar de qué color tengo las mejillas, como antes. Aún no me huele a verano. Aún. Ni he podido sentarme a mirar en ese columpio oxidado las estrellas. Pero como a ti, y a él, y a todos vosotros que como yo seguís aquí, aguantando, agosto nos espera. Fotos Paula Méndez

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