¿Distopía? Sí, por favor. Después de que Huxley, Orwell o Bradbury la convirtieran en un género literario propio en el ecuador del siglo XX, esta alegoría sociocultural profética de manera pesimista abraza nuevas disciplinas narrativas con Yorgos Lanthimos, cuyos augurios de una sociedad profundamente deshumanizada lo han convertido en uno de los cineastas más laureados del último lustro. Langosta, su irrupción en Hollywood tras varios proyectos en su Grecia natal, lleva a un paroxismo totalitarista y demencial, ese imperativo social no escrito según el cual la anhelada “normalidad” es indisociable del apareamiento sentimental. Colin Farrell despliega su laxo e insólito argumentario para la conquista con un objetivo último: la supervivencia.

Los psicópatas no sólo tienen una absoluta falta de empatía hacia el dolor ajeno, también poseen una percepción altamente mitigada de su propio dolor físico. Las películas de Yorgos Lanthimos dibujan sociedades imbuidas por una psicopatía colectiva inducida, en el nuevo orden social que retrata Langosta, las reglas de convivencia llevan a la asunción de lo aberrante como natural, generando una legión de individuos sumisos y eminentemente pragmáticos que conciben el dolor, propio y ajeno, como una molestia secundaria que cada uno debe solventar por su cuenta. Entre dichas reglas prima una fundamental: la obligación de tener pareja. Un lujoso hotel junto a la costa, idílico a priori para cualquier jornalero, se convierte en siniestro centro de internamiento para los solteros, almas descarriadas en peligro de exclusión a quienes se somete a una particular cuenta atrás: si en 45 días no han encontrado pareja, serán convertidos en animal y abandonados en un bosque. Antes de ese descarte definitivo, serán entrenados como cobayas para aumentar su deseo sexual, contener el onanismo y asumir grotescas demostraciones mímicas mediante las ventajas de la vida a dos. Huelga decir que en esta abyecta figuración la pedagogía dominante es la del castigo, incluidos la vejación psicológica y la penitencia corporal. Aunque también hay margen para el refuerzo: cacerías humanas en las que cada soltero caído muerto le vale a su ejecutor por un día extra en el hotel. Es la ley de la selva: la agresión es adaptativa, la empatía no. En un orden lógico, la eliminación de la disyuntiva soltería/vida en pareja como decisión individual so pena de ser despojados de su condición humana conlleva la puesta en marcha de arteras estratagemas para consumar el tan deseado acoplamiento. Algunas de ellas son espurias (y prohibidas); otras están tan arraigadas que los personajes apenas son conscientes de ellas. El cortejo, ese placentero protocolo, se reduce aquí a una grotesca enumeración de carrerilla de las virtudes propias, cual vendedores de enciclopedias o loros de repetición expertos en personal branding. Hierática, dirigista y utilitarista, la razón prima sobre la emoción. La involución psicológica corre pareja a una simplificación del pensamiento lineal, acotado a aspectos técnicos o prácticos, y a una comunicación rudimentaria, que en lo oral adolece incluso de inflexiones tonales en consonancia con una línea recta emocional, como si la neolengua orwelliana hubiese surtido sus perniciosos efectos. Incluso lo que los personajes sienten como amor (esos dobles rebeldes encarnados por Colin Farrell y Rachel Weisz, enamorados en un ejército de insumisos tan integristas como el propio orden) es descrito en el diario de Weisz, narradora omnisciente, en términos puramente sensoriales y somáticos, a imagen y semejanza de quienes sufren síndrome de estrés postraumático. Lanthimos se guarda, sin embargo, un as bajo la manga: en la uniformización de las identidades que acarrea esta regulada lucha por la supervivencia asoma tímidamente un resquicio para la individualidad: la elección libre del animal (en el caso del protagonista, la langosta) en la que los perdedores prefieren convertirse. Un ápice de libre albedrío que el director subraya irónicamente como título de su obra, una condescendencia tan irrisoria como un ventilador en el infierno.

 

VOCES DE MANDO

La creación de nuevos órdenes de organización colectiva inspirados en los regímenes totalitarios es una constante en la filmografía de Lanthimos. De la familia (Canino) a la actividad empresarial (ALPS) o el propio estado como sujeto político (Langosta), el director ha aplicado su espeluznante despotismo institucional a comunidades de diferente índole y alcance, creando universos cuyas repercusiones psicológicas y conductuales son tan coherentes como inquietantes. Evidentemente, bajo la forma subyace el fondo: expresada a partir de su negación, el tema último de su obra no es otro que la libertad. Como corresponde a su férreo adoctrinamiento, el ínfimo margen para ella que sus personajes alcanzan a contemplar se circunscribe al acotado terreno reglamentario, lo que a menudo apunta a la autolesión como única vía para alcanzarla. En Langosta, la deliberada renuncia de Lanthimos a sentar cátedra (en este caso, respecto a la plausibilidad del amor y el sacrificio en un marco deshumanizado) desemboca en un sagaz y polivalente cliffhunger final.  

Langosta se estrena en cines el 4 de diciembre.

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