El pintor moldavo Alexander Tinei, actualmente instalado en la capital de Hungría, nos habla a través de su obra de algo tan relevante y universal como lo es la identidad individual. Sus pinturas, cargadas de una tenue sensación fantasmagórica, nos muestra la imagen de distintos individuos de corte casi asexuado en busca de la individualidad. Estos personajes, que viven ajenos a una concepción global del humano, muestran la fragilidad de su existencia a través de la expresión corporal, del color, de las miradas perdidas y, sobre todo, a través del aire marginal que respiran sus pinturas. Para Tinei esa idea del ser perdido en busca de su propia identidad es casi una obsesión. La experiencia en su país natal, los cambios radicales de la Moldavia moderna, el viaje del comunismo al mundo occidental han sido los factores que han hecho de su obra la mejor excusa para encontrarse a sí mismo.

Con algo que recuerda al virtuosismo de Lucian Freud, Alexander Tinei cubre los cuerpos blanquecinos de sus personajes con pequeños dibujos que, como tatuajes, nos hablan más de ellos mismos que sus propios ojos y expresiones. La languidez y la nostalgia que cubren cada pincelada de su trabajo son, al fin y al cabo, su único mecanismo para hacernos llegar a lo introspectivo, lugar desde donde encontrar la realidad del ser propio, objeto final de su obra.
Desgranando la tristeza obvia de sus pinturas, la melancolía que compone la actitud y la esencia de cada personaje llegamos al interior de la mente del artista para dejarnos llevar por su particular e individualista visión del mundo.

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