Es un murmullo incierto, inconstante. Una sombra sinuosa y estremecedora, que arropa la soledad de este bosque acechante. ¿Realidad o… sólo una ilusión que me he provocado yo sola? No sé. Ahora sólo puedo pensar en quitarme los miedos cuanto antes. Así que corro. Corro provocando que esta duda palpitante encienda mi piel en una llamarada desmedida, casi asfixiante. Y ahora lo escucho. El murmullo salpica el silencio en una decena de pasos sobre las hojas secas de un otoño olvidado, como si hilase una melodía imprecisa en mis tímpanos extasiados. Me persiguen. Y se electriza mi piel desvaída, se plastifican mis huesos, se enredan a mi cuerpo todas esas promesas por las que finjo que no me verás caer, que jamás llegaré a ser tu presa. Y entonces una flecha me atraviesa. La vida me engaña y ahora me abraza fría y nostálgica, amenazando con apagar mi existencia. ¿Eres cazador o presa? A veces no dejo de pensar en esa necesidad intuitiva y predilecta del ser humano, en lograr en su vida una o varias conquistas. Un infinito en nuestra historia circunscrita. Un pez hambriento que, como bien dicen, se muerde su propia cola. No importa el siglo, ni cuánto daño hayamos hecho. La vida es una conquista, y el que más corre, más domina.

Y sí, es cierto que el que no se mueve jamás notará las cadenas. Pero tampoco creo que la valentía de romperlas signifique hacer del resto un cementerio de ruinas. Un corazón guiado por las flechas de la victoria no es más que un músculo vacío en sus soledades. Y a mí me gusta llenar el mío con lo que aprendo de cada rincón sin un significado aparente, de aquella canción instrumental y demasiado lenta, de esa mirada ajena con la que mis ojos se cruzan curiosos y brillantes sabiendo que nunca más volverán a encontrarse. Mi cuerpo es una pared con ansias de pintarse en una eterna influencia. Y aunque mis colores propios brillan con fuerza, no concibo el resto de mis días si no son para seguir empapándome de otros que marquen la diferencia.

Puede que sí, que la vida sea en realidad una carrera. Pero no pienso que sea contra otros, ¿sabes? Creo que en realidad esas piernas fornidas y ágiles que nos retan son las del tictac del reloj acentuando cada paso en vano que hemos dado; que sus mandíbulas contraídas, y esos ojos negros inquietantes atenúan día a día nuestras fuerzas hasta, si nos dejamos, desgastar nuestra piel cristalina en el gris de un día ya insignificante. Porque puede que la verdadera derrota sea esa, ¿no crees? Correr, ganar y olvidar los sueños que nos invitaron a seguir luchando. Correr si una meta, correr y dejar atrás lo que verdaderamente merece la pena.

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