Nunca me ha gustado levantar la voz en público o llevar tacones demasiado altos. El color amarillo, cantar en sitios que no sean la ducha o el coche en mitad de una autopista, ni mis mejillas demasiado sonrojadas a todas horas. La purpurina, las joyas doradas. Ni encontrar mis ojos atrapados en un cruce de miradas de eternidades distantes y enmascaradas.

Es extraño pero, en ciertos sentidos de mi vida, siempre me ha gustado más pasar desapercibida. Recuerdo una vez cómo un profesor de literatura me dijo un día, al terminar la clase, lo curioso que le resultaba que no me gustara nada no el hecho de resaltar, sino el que la gente me mirara. Había leído delante del resto de alumnos una redacción que escribí el fin de semana anterior, y todavía recuerdo la fuerza con la que palpitaba mi corazón enredado en la timidez, al escuchar cómo sus labios pronunciaban mis palabras.

Al pensar en aquello, alguna vez hace años no pude evitar preguntarme: ¿Acaso escogí esta profesión para poder esconderme detrás de un texto o de una cámara? ¿O en realidad la elegí sólo porque me gustaba?
Aun así, sin todavía tener muy clara la respuesta, he entendido dos cosas: que abrazarme al silencio sólo lleva a provocar aún más la curiosidad del grupo de gente que me rodea, y que, digan lo que digan, ser tímido es a veces también la habilidad de prestar atención a lo que para otros sólo son nimiedades: los detalles.

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