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Conocí a Jo con un café y un libro de Nick Hornby entre las manos. Recuerdo que estaba sentado frente a la barra de aquella cafetería de la calle 36, sí, ésa con un cesto de flores mustias sobre la ventana y aquella bicicleta azul siempre atada a su puerta. Aquel día estaba llena como nunca. Puede que hubiese alguna función en el teatro de la esquina, o que quizás alguna familia un poco numerosa hubiese ocupado las escasas siete mesas que componían aquel negocio poco sibarita del barrio. Todas menos una. Aunque yo aun no me había dado cuenta de ello, claro.

La presencia de Jo interrumpió mi lectura y batió con sus alas mis pensamientos acalorados. Y es que ella es de esa clase de personas a las que se ve llegar, ¿sabes? No por su físico, que en este caso también, sino porque su aura despierta algo. Algo claramente inexplicable pero igual de tangible e imponente que la lluvia en la piel, ahogando consigo la sed que a veces trae consigo un verano desatinado. El caso es que la vi venir. Y puede que desde ese preciso instante, me prometiese a mi mismo que no la vería irse nunca de mi lado.

Al principio no dijo nada. Sólo se detuvo ahí, a escasos centímetros de la página 116 de mi libro arrugado en la barra y mi clara incoherencia corpórea ante una chica tan guapa. Tenía los ojos algo rasgados, y eran oscuros, tan oscuros que me fue casi imposible negarme la posibilidad de contemplarlos más allá del tiempo socialmente lícito en el que se puede mirar a una persona sin que ésta te considere un pesado. Así que desvié mi atención hacia sus brazos, y aquel reloj de pulsera roto que llevaba, o quizás detenido en algún segundo mejor que éste para ella. Me imaginé que esperaba paciente a que el camarero terminase de despachar a otros clientes y le pasase su cuenta, porque tamborileaba sus dedos sobre uno de esos taburetes de aquel rojo desteñido, provocando el resbalar de los mechones más insurrectos de su pelo quizás azul, quizás verde. Supuse que si quería decirle algo debía aprovechar el momento. Pero la verdad es que no soy hombre de muchas palabras. Ojalá el verdadero Nick Hornby me hubiese hablado al oído entonces, para darme alguna idea, ¿sabes? Porque sólo se me ocurrió hablarle de aquel ridículo reloj estropeado.

Le pregunté si se había dado cuenta de que la pila había debido gastarse porque las agujas de su reloj no se movían desde hace mucho rato. Y ella me dijo, con media sonrisa en aquellos labios gruesos, que como sabía yo si no era en realidad el tiempo el que se había parado.

Cuando quise contestar, el camarero fue hacia ella y le pasó la funda de una guitarra. Y Jo, consciente de que me había robado una vez más las palabras, extrajo una acústica negra y algo polvorienta, y volvió a su mesa. Sólo que esta vez se sentó encima de ella, con la guitarra sobre aquellos jeans rajados, y la mirada atónita de la veintena de personas en el bar sobre aquella chica excéntrica de pelo verde o azul, a punto de hacer más de su presencia un verdadero espectáculo.

Jo es cantante. Y actriz. Y artista incomprendida por una sociedad demasiado estúpida como para darse cuenta. Y a día de hoy, duerme cada noche en mi cama. Fotos: Paula Méndez.

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