27 de julio, 2011. 09:32h. El sol bostezando. Una brisa ligera meciendo nerviosa el océano. Y la arena tibia bajo mis pies todavía descalzos. Empezaba otro día de verano cualquiera, de esos en los que sería más fácil cerrar los ojos y apuntar con un dedo al calendario para así lograr adivinar la fecha. No recuerdo cuántas horas llevaba allí, ni si esperaba ver algo más que el discurrir del tiempo en aquella playa solitaria y eterna. Pero sí como, poco a poco, la suavidad de las olas ahogándose sobre la orilla, parecía arrebatarme la consciencia. Mi piel se iluminaba cada vez con más fuerza. Y mis pensamientos se arrugaban como un centenar de susurros inaudibles a quinientos metros bajo tierra.

De pronto, sentí un sutil pero a la vez firme tacto de una mano desconocida sobre mi hombro cálido. Es curioso, pero, estando segura de que la persona que permanecía entonces junto a mí era un extraño, de alguna forma, parecía que, que estuviese ahí, justo en ese instante, era lo adecuado. No sé como explicarlo. Pero cuando abrí los ojos, me vi en su mirada grisácea y ajena a todo lo que había conocido y me había importado antes. Y sonreí como hacía tiempo que no hacía. Y me marché a su lado.

En días complicados siempre pienso en este momento, y en cuánto me gustaría parecerme a diario a la persona que soy cuando estoy de viaje. En lo fácil que sería saber enterrar cada una de mis preocupaciones, las válidas y también las magnificadas, bajo la única obligación de no dejar que el día se pase en vano. Olvidar mirar el reloj cada segundo que pasa. Y enredarme en las emociones que, verdaderamente, empujan día a día a mi corazón vacilante y abierto a seguir hacia delante.

Y dejarlo todo por un escalofrío, por agarrar una vez más la nieve entre las manos. Que por un instante las palabras no importen tanto. Cerrar el mapa y tirarlo. El móvil que no suena, ¿no suena? No, es que está apagado. Y volver a todas esas sonrisas sinceras. El cuerpo entre las sábanas durante horas, miles de horas. Escribir otra vez a bolígrafo y que una página en blanco no sea algo malo sino todo lo contrario. Abrazarme al silencio, a la ignorancia disuelta. Desatar de mi cuello la impaciencia y entregarme a un centenar de pájaros volando.

Llámame loca pero me gusta no estar segura de todo. Y descubrir a través de las miradas de otros que no hay nada que dar por sentado. Que mañana es una ventana a algo que empieza o acaba, pero todavía no ha llegado y hoy… Hoy, si no te das cuenta, se escapa.

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