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– ¿Duermes?

Inspiro una, dos veces, antes de sucumbir de nuevo al silencio. Sí, parece que sigues durmiendo. Me incorporo levemente, y aunque sé que no debería, dejo que mis dedos acaricien tu sueño despacio. Como una ola deshecha en un mar enredado y bravo, tu piel se estira y fragmenta la liviandad de mis instintos. Y quiero que se aleje igual que quiero que mi corazón se hiele en sus aguas recónditas.

– ¿Te he engañado, eh?

Tus palabras sumergen mi soledad en un mundo azul y distante a éste. Como siempre. Dormido o despierto. No importa.

– Mucho.
– ¿Tanto?
– Todo.

Noto cómo tu esternón se contrae bajo el peso de esa nube inquieta que entrelaza mis pensamientos. ¿En qué pensarás tú? No sé. Ojalá fuese tinta para escribirlo y envolverme para siempre entre tus dedos marinos.

– Hace justo una semana que murió David Bowie, ¿no?

Abro los ojos y recoloco mis piernas sobre la cama. Qué pregunta tan rara e inesperada. Creo que nunca antes había escuchado su nombre en tus labios. Y menos había visto esa pesadez que ha invadido tus párpardos de hielo fraccionado.

– Mmm… Me parece que sí – contesto, mientras retuerzo un mechón intruso sobre mi mejilla derecha – ¿Por qué?

Casi puedo sentir sobre mi piel la dificultad con la que se abre paso en tu cuerpo la respuesta. Llueve y el mar se revuelve intranquilo sobre tus recuerdos mojados.

– Mi padre nos llevaba los míercoles al colegio, ¿te lo he contado alguna vez? Sólo los miércoles, porque era el día en el que le tocaba librar de la fábrica – retuerces la funda de la almohada, aun enterrando la mirada en ese rincón seguro opuesto a la mía ensimismada – llevaba un Renault 11 blanco que siempre estaba mugriento, y traqueteaba entre esos caminos de espiga por los que les gustaba conducir. Él decía que eran atajos, pero… Siempre acabábamos llegando tarde a clase – suspiras, y se vislumbra una luz añil y vehemente en tus ojos – nos hacía entrar a todos en silencio, y también teníamos que quitarnos los zapatos y guardarlos en el maletero. Él fumaba y al parar en los semáforos, a veces se cambiaba el cigarrillo de mano y me apretaba la pierna de un golpe, nunca supe si cabreado o de forma simpática… Cuando lo hacía no le gustaba mirarme – las olas de tu piel se apaciguan y ahora, atentas, le reclaman a mi cuerpo la calidez perdida en la sordidez de sus aguas – en el coche sonaba todo el rato Heroes y…
– David Bowie.
– Sí – abres los ojos y me miras directamente – La ponía una y otra vez. Desde que se murió no paro de pensar en esos momentos.

Me miras. Te miro. Y hundo mis ganas bajo tus brazos. Creo que nunca antes un mar me había dicho tanto. Fotos: Paula Méndez.

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