foto1

Amaneceres apagados. Grietas en los labios, noviembre agridulce y la primera lluvia de invierno todavía deslizándose por los mechones más rebeldes de mi pelo enmarañado. Bufandas eternas, la prisa asfixiando mis pasos, y un sinfín de pájaros enredándose al vuelo en una niebla espesa. Todo ocurrió hace cosa de dos años. Llegaba tarde a una clase de cine y gestión cultural que aborrecía con cada centímetro de mi piel ambarina, y a la que aún así, debía asistir si quería aprobar. Y tras enfrentarme a una marea de cuerpos adormecidos y torpes en un andén corrompido por su diaria y monótona visión teñida en un cielo grisáceo, conseguí subirme al tren directo a mi universidad. El frío seguía adentrándose por mi jersey fino de agujeros, y mis manos recorrían una y otra vez mi cintura en busca del calor que, quién sabe en qué momento, hora o día, habían perdido hace tiempo. Supongo que intentando distraerme, mi mirada se perdió también entre el resto de pasajeros de aquel vagón sumergido en el invierno que no había hecho más que empezar.

foto2

Y vi algo. Eran dos chicos jóvenes hablando de nada, y susurrándose todo con los ojos divididos entre la ilusión y el miedo, y esa sensación inminente que colorea la vida en blanco y negro, justo en ese instante previo a rozar el cielo con los dedos. Uno de ellos tenía el rostro cenizo y los ojos brillantes. Los dedos largos y estrechos de su mano se entrelazaban inquietos a su muñeca derecha, quizás tratando de disimular los nervios que ya le dominaban por tener a ese otro chico tan cerca. Éste, sin embargo, comentaba animado, con una voz grave y seca, los detalles de la fiesta de disfraces a la que había acudido hacía dos noches, según decía, vestido de James Franco en una de sus últimas películas, y gesticulando con su barbilla pronunciada en un hoyuelo sutil pero dominante. Y yo me mordí los labios. No podía parar de preguntarme si todas esas palabras no eran más que otro disfraz con el que dejar atrás todo lo que podía empezar a existir entre ellos. ¿O acaso sólo el primer chico estaba enamorado y por eso escondía su aprensión bajo las vías de aquel tren de destinos inciertos?

foto3

Obviamente jamás llegué a adivinarlo, a pesar de todas las veces más que subí a ese mismo tren en lo que quedaba de año. No volví a verles. Ni a ellos, ni al resto de historias cruzadas que he presenciado en vagones descoloridos y latentes en todos esos sueños que parecían demasiado lejanos. ¿Por qué los trenes son siempre escenarios de las situaciones más atípicas y extraordinarias? Me lo pregunto desde hace tiempo. Puede que porque no son más que un paso intermedio, ¿sabes? Porque son el transcurso de un sitio a otro, y no el lugar del que nadie espere más que eso. Y puede que hoy sepa igual que ayer, y las puertas chirríen cada vez que el tren se detenga. Que las hojas de apuntes se vuelen siempre de la misma manera, o que el sol templado consiga anestesiar un día tras otro nuestro cuerpo, sin importar la vitalidad con la que nos hayamos levantado. Pero la rutina a veces engaña. A ti. A mí. Y a todos ellos. Y yo, da igual cuántas veces repita el trayecto, en los trenes he aprendido a no dar nada por hecho.

Coméntalo

comentarios