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El film del joven director norteamericano se distingue como un thriller de supervivencia claustrofóbico bañado en música punk, neo-nazis y gore, los tres ingredientes que se erigen como sus principales reclamos. De hecho, la película podría entenderse como una revisión del Asalto a la comisaría del distrito 13, de John Carpenter, de la que bebe profundamente. Esta película readaptaba el argumento central del Río Lobo, de Howard Hawks. Aunque en esta ocasión no hay comisaría de por medio, el argumento gira alrededor del bolo de una banda de punk en un garito regentado por neonazis. Todo se empieza a torcer cuando la banda es testigo accidental de un asesinato y después es encerrada en la habitación verde que alude el título. A partir de ese instante, un estallido de violencia sobrepasada salpica la pantalla sin vuelta atrás y con mínimas posibilidades de escape. Es un desenfreno casi slash, donde la tensión imperante del arranque se diluye para dar paso a la acción tosca e hiperviolenta, al puro desenfreno de hemoglobina en un contexto que merecía una exploración más provechosa. Pese a sus debilidades y sensación creciente de receta a la que no se le saca el máximo provecho, Green Room se disfruta como un desenfreno despreocupado y salvaje, especialmente acorde para paladares de sensibilidad curtida ante la violencia más seca y bruta.

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Green Room se estrena mañana 10 de junio en las salas españolas.

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