Aura cerró la puerta de su nueva habitación tras de sí, casi sin percibir cómo el eco se envolvía suave sobre su piel ambarina. Sus dedos esbeltos y ligeramente manchados de tinta recorrieron apresurados el polvo de las cajas más sobresalientes, a la vez que su mirada repasaba una vez más, esa lista invisible en la que se enumeraban sus no tan escasas pertenencias. No había podido deshacerse de nada. No… Se mordió el labio. Prácticamente de nada.

Suspiró y, tras apoyar la sutil curvatura de su cintura sobre el papel pintado, creyó ver algo tras esa vieja escalera de madera todavía abierta frente al marco de la ventana. Los ojos grisáceos de Aura se nublaron en una tormenta de desconfianza. Pero allí no había nada. ¿No? Nada. Probablemente sólo había llamado su atención el incesante y monótono baile de las ramas del árbol que ahogaba las vistas de la ciudad en suaves pinceladas de luces y tinieblas. Más tranquilas, sus manos se apoyaron entonces sobre la cristalera, contagiando a su piel de la calidez que aún se desprendía de esos últimos rayos de sol extinguiéndose entre los cimientos agrietados. Su sobresalto le había recordado algo. Sonrió tímida, con los labios ligeramente tensos y disciplinados: con su coche cargado y esa última caja de la mudanza ya encajada en un hueco casi inexistente en el puzzle de paquetes y muebles desvencijados que ocupaba el asiento de al lado, su hermano de siete años le había hecho prometer que se aseguraría de que no hubiese fantasmas, ratones o gatos buscando ratones en su nueva casa. En caso contrario, afirmó con las mejillas encendidas y esa boquita de piñón fruncida, que él no podría ir nunca a visitarla.

Con lentitud, Aura dejó que sus pantalones de pitillo rasgado se resbalasen de un recuerdo tan resplandeciente hasta la dureza de aquellas baldosas aún algo ajadas a pesar del encerado. Todavía no había logrado arrancar su mirada aterciopelada de aquella esquina del mirador, como si la suavidad con la que aquellas ramas se mecían la hubiese atrapado para siempre. Parecía que la ciudad hubiese acelerado su curso en ese instante, alejándola a diez mil kilómetros de aquel universo de corazones agitados. Porque el suyo se había parado. Aunque no de verdad, claro. El corazón de Aura seguía latiendo, pero no al mismo ritmo que el del resto. Empezar da demasiado miedo, ¿sabes? Y también dejar atrás todo lo que fuimos antes. Y creo que eso paralizaba a Aura más que cualquier posibilidad de que hubiera un fantasma agazapado entre las sombras de su nuevo cuarto.

Con las manos algo temblorosas, sacó su teléfono de un bolsillo descosido de su chaqueta roja y marcó nueve dígitos. Sólo había una forma de superar todo aquello:
• ¿Hola? –la voz de su hermano resonaba cándida y curiosa al otro lado–.
• Dime, ¿conoces algún truco infalible para espantar fantasmas? Vas a tener que venir a ayudarme…

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