Es innegable que sin teléfono con 3G o 4G, sin redes sociales o sin un perfil existente cuando nos googlean en Google ya no sólo no existimos sino que parecemos fantasmas en la red y, por tanto, seres que no tienen nada interesante que contar…; la era 2.0 nos ha convertido a todos en esclavos de la social media y el wifi. Aunque en un primer momento puede (y es) muy muy guay que artistas diversos utilicen los emoticonos y notificaciones para transformar objetos cotidianos en elementos kitsch muy deseables, como hace años los sellos de Like/Dislike de Facebook, de tiempo a esta parte sí que es cierto que los emoticonos de las notificaciones, y en este caso la de Instagram, no es solo un fenómeno viral sino más bien social.

Con esto de la era virtual, nunca se puede saber dónde se originó realmente la idea o concepto de materializar las notificaciones en algo tangible para convertirse en una obra de arte como, por ejemplo, la que dio la vuelta al mundo llamada Nobody Likes Me, un mural canadiense creado por el artista iHeart, que se hizo inmediatamente mediático y global gracias a que Banksy publicó la imagen en Facebook.
También hay diversos ejemplos de otros artistas como la ucraniana Nastya Ptichek que bajo el proyecto Emoji-Nation modificó imágenes de Edward Hopper y puso emoticonos como si expresaran a través de ellos sus sentimientos.

Otro ejemplo, el artista portugués José Lourenço que recorta notificaciones de Instagram y va realizando series fotográficas muy ingeniosas en las que superpone el icono sobre el elemento.

Dejando a un lado la vertiente intelectual pop, no hace falta mirar muy lejos para ver los memes, camisetas de burla o parches que hacen mofa y referencia a los emojis, hashtags o la necesidad constante del wifi.
Las redes sociales ya no son sólo un fenómeno viral social, sino también artístico e intelectual.
No Wifi, No Life.

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