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Amanda Winter me devolvió la entereza sólo un poco después de habérmela robado con su mirada rasgada. Era octubre de 1994 e Inglaterra se encogía entre sus edificios y cielos agrisados igual que un corazón a punto de perderse para siempre entre las sombras. Amanda tenía un año más que yo, así que nunca fuimos a la misma clase. Tampoco coincidíamos en el autobús de vuelta a casa ni conocía a sus amigas. Y, sin embargo, jamás hubo un día de instituto en el que, consciente o inconscientemente, no vislumbrase desde las últimas aulas cómo sus manos cristalinas se zafaban de aquellos gruesos libros de ciencias mientras que, igual que culebras escurridizas, deslizaban bajo su jersey de punto grueso un cigarrillo y tres monedas para el café del descanso de mediodía.

Había algo en el movimiento de su cuerpo que me impedía seguir sin ella. Y me encantaba. Quizá el singular modo en el que su pelo albino se mecía con desgana en aquellas olas de viento sin que ella lo evitara. O esa inevitable levedad con la que parecía ser arrastrada de un lado a otro del instituto, a pesar de la claridad con la que su rostro lívido y nublado pedía estar en cualquier otra parte diferente a aquélla. Creo que sólo me miró una vez. Y fue justo antes de robarle furtivamente aquella fotografía con la vieja Yashica de mi padre. Aún recuerdo la forma en la que sus ojos se plegaron en la indolencia y cómo sus labios dibujaron una O desigualada. Y a través del objetivo yo me contagié de todo su dolor y de esa frialdad que parecía gobernar cada uno de sus huesos frágiles. En aquel momento sentí como el humo con el que ella se llenaba la desgarraba aún más en la oscuridad del vacío que dejaba al marcharse. Y también el leve pero palpable temblor que sacudió su pecho cuando paralicé su nostalgia para siempre a través de la cámara. Fotos: Paula Méndez

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