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El sol rozando la piel encendida en una carrera infinita. La respiración agitada y sumisa, dispuesta a prolongar esa sensación que logra el cuerpo abrazado, zancada a zancada, a la idea de una brillante conquista. Uno, dos latidos perdidos en todos esos kilómetros invisibles al resto. Los músculos tensos, los huesos exhaustos pero completamente entregados en su misión de fundirse con la tierra y lograr desaparecer, aunque sea sólo por un momento.

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Siempre he admirado cómo en sus libros Haruki Murakami consigue hacer del hecho de correr, un ancla que da sentido al mar de indecisiones y sentimientos inciertos de sus personajes. A veces pienso que es casi como si se atreviese a susurrar que correr, es como dibujar un mapa de sus vidas ordinarias y continuamente sujetas a una línea recta, en busca de la cima que les devolverá el sentido para siempre. Aunque la verdad es que jamás se acaba de saber si al final de cada libro llegan o no a sus metas.

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A mí nunca me ha gustado correr, al menos no visto de esa manera. En realidad tampoco puedo decir que lo odie, no sé. Pero sí puedo afirmar que es algo que no va conmigo. Aún recuerdo sin poder evitar fruncir el ceño, aquella pista de cemento hosco y quebradizo del colegio en la que debía dar lo que parecían doscientas vueltas en marcha en cada clase de educación física. Esa arena tibia y serena de la playa de Galicia en la que me forcé a probarlo durante los quince días de mi estancia aquel verano, o la grisácea y despreciable máquina a la que todavía me enfrento día a día en el gimnasio. Creo que cada vez que me subo, a los pocos minutos acabo dejando a un lado posturas, ritmos cardiacos o supuestos kilómetros andados, y sólo me concentro en una cosa: en que el tiempo se pase más rápido.

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En realidad creo que es por eso por lo que nunca me ha gustado correr, ¿sabes? Porque ya he corrido demasiado. La impaciencia creció conmigo entre cada una de mis vértebras, y me ha obligado a acelerar mis pasos sin que yo me haya dado cuenta. ¿Por qué me he dado tanta prisa? ¿Y para qué, si el tiempo se sigue pasando igual de rápido aunque ya no se lo pidas? Supongo que es otra de mis preguntas sin respuesta de esas en las que me gusta enredar mis pensamientos de vez en cuando. Sólo que esta empieza a arañarme las ideas, y a estrangular cada uno de mis recuerdos en segundos de nostalgia y pasado enterrados en su inexistencia.

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Yo ya no quiero correr más. Se lo dejo a los corazones expertos que sepan seguir latiendo en todas esas sinuosas carreteras o caminos de tierra espesa. A todas esas personas que no dudan en mirar hacia atrás aunque tiemble cada centímetro de su cuerpo, que cuenten cada paso como más válido que el anterior, sin escuchar, a diferencia de mí, el áspero y descolorido tictac con el que se hace visible nuestra inevitable carrera contra el tiempo.

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