La herencia de la cultura japonesa es algo que influencia a artistas de todo el mundo. El caso de Jacob Hashimoto, artista afincado en la gran manzana, es un claro ejemplo de cómo esa herencia construye una identidad creativa sólida y extremadamente poderosa. Apoyándose en la tradición nipona, incluso los materiales que emplea en sus instalaciones procede de esta, Hashimoto es de esos artistas difíciles de encasillar. Entre el mundo de la pintura y la escultura, oscilando entre las técnicas de ambas disciplinas, este maestro del papel de arroz crea grandes tapices tridimensionales que sumergen al espectador en un gigantesco efecto calidoscópico.

La energía del color y la inspiración nacida de la tradición oriental de los biombos se yuxtaponen en piezas que el mismo ensambla con un mimo artesano. La metodología cautelosamente cuidada compone obras que envuelven y producen una especie caos hipnótico pero perfectamente organizado. Viajando entre la abstracción y lo sensorial, Hashimoto lleva el concepto de espacio y obra a un paso más allá. Como si de un collage volumétrico se tratase, sus obras hablan de la relación del arte y el individuo con el entorno, siempre desde el más absoluto respeto y admiración.

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