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¿Qué tienen en común Daniel Brühl, Cara Delevigne, La Toscana y Dante Alighieri? Lo suficiente para que Michael Winterbottom, el realizador inglés más espléndidamente polifacético de los últimos veinte años, haya decidido reunirlos en El Rostro de un ángel. El asesinato (real) de una estudiante estadounidense en Italia y el circo mediático del caso sirven de base a esta oda poética a la creación con el relativismo y la redención por bandera.

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El pánico al folio en blanco (o, en la era del homo digitalis, a la pantalla ídem) es la fobia más recurrente entre aquellos que cultivan el noble arte de la narración literaria o audiovisual, y también, por una aleación entre la psicología inversa y la autosugestión, la que mayores posibilidades alberga de aplicar una terapia resolutiva desde el interior. De la seminal Fellini 8½ a versiones más o menos contemporáneas como Sinécdoque, Nueva York o Adaptation (ambos guiones, por cierto, firmados por ese genio ascético llamado Charlie Kaufman), la historia del cine es pródiga en títulos cuyos artífices han hecho de su bloqueo creativo un sayo, saliendo del atolladero por la misma puerta por la que entraron. El rostro de un ángel, de Michael Winterbottom, es por ahora la última parada en esta ambivalente espiral creativa, con Daniel Brühl en la piel de un guionista en horas bajas que se traslada a Siena, Italia, con la intención de encontrar la inspiración en el controvertido caso del asesinato de una joven estudiante estadounidense, acontecido dos años atrás.

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Alineado con la repulsa del sensacionalismo y de las verdades absolutas característicos de su director, el inflamable material que en otras manos habría derivado en un rutinario telefilm pródigo en carnaza amarillista se convierte en las de Winterbottom en un marco contextual, un hilo conductor de tintes oníricos que, sin despreciar la trágica historia, funde el dolor (real) de las familias y estudiantes implicados con el (ficticio) de su personaje principal, sumido a su vez en tamaña crisis personal que los seguidores de ese nuevo movimiento de género llamado “hombrismo” podrían tomarlo como ejemplarizante estandarte de su lucha. Relegando a un segundo plano el esclarecimiento de las circunstancias en las que se produjo el crimen, pero deteniéndose lo estrictamente necesario en el reflejo de las irregularidades que rodearon la investigación, la negligencia (si no manipulación) policial del caso y el dirigismo depredador de la prensa para solaz de su ego y sus cuentas corrientes, la película prioriza la sugestión poética y la evolución personal del guionista/protagonista, un hombre enfrentado a sus propios fantasmas cuya redención final tiene lugar de forma paralela a la absolución judicial de la joven Jessica, la principal acusada. La artífice de la referida expiación tiene el rostro de Cara Delevingne, que pasa de musa de Lagerfeld a la del perdido personaje protagonista con la misma jovialidad y expresividad que le han granjeado su éxito en el mundillo fashion. Winterbottom cierra así un título que embiste contra el perseguido ideal de la verdad absoluta, enfrentándola a su esencia inasible, con una tesis en perfecta sintonía con el carácter conciliador patente en su filmografía: la verdad, si acaso existe, es inaprensible para el ser humano.

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UN HOMBRE, MÚLTIPLES CARAS

Para cualquier seguidor del hiperactivo Winterbottom, la mera sugestión de un alter ego en pleno bloqueo creativo resulta casi una blasfemia. Con un ritmo de hasta dos películas por año, el polifacético realizador inglés es acreedor, en su versatilidad, de una identidad integradora que salta de lo trágico a lo lúdico, de lo hipster a lo social, con la agilidad de una liebre. Hombre de letras y dueño de un bagaje cultural envidiable (de los clásicos a la contracultura anglosajona de regusto beatnik, léase Jim Thompson o Thomas Hardy), Winterbottom es, ante todo, producto de su tiempo, esponja y cronista de las realidades de una era que, desde lo colectivo hasta lo más íntimo, ha revelado sus múltiples facetas: documentalista y librepensador autárquico de ala izquierda (In This World, Camino a Guantánamo, La doctrina del shock), su vis gamberra (con su actor fetiche, Steve Coogan, como irrisorio truhán), el incisivo intimismo de Wonderland y Génova o el melómano posmoderno de 24 hour party people y 9 songs, “jitazos” indie donde los haya. Todas ellas se entremezclan en El rostro de un ángel, ensoñación trascendente anclada en una virulenta realidad con Cara Delevigne como reclamo modernil de altura.

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 El rostro de un ángel se estrena en cines el 16 de octubre.

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