FOTO1

Uno, dos, tres… Cuenta hasta cien si quieres, pero no volverás a escuchar un latido de su pecho. El corazón de Abby se paró hace mucho, mucho tiempo, pero ella, aunque no te lo creas, aún vive para contarlo.

Te lo explicaré de otro modo. Abby era una chica de 19 años. De pelo liso y negro azabache, los ojos siempre escondidos bajo un flequillo espeso y desordenado y de palabras algo cohibidas pero siempre acertadas. Su timidez a veces le paraba los pies y cuando no se atrevía a decir o a hacer algo, hacia que Abby se retorciese los dedos y, supongo que cuando más le molestaba, se mordiese los labios y se diese la vuelta. Era buena con los idiomas y a veces se hablaba a sí misma en inglés y en italiano aunque en ocasiones se le mezclaban y ya no sabía en qué estaba hablando. En su casa siempre bebía té rojo mientras leía sobre la cama deshecha. Si nadie le molestaba, se fumaba un cigarrillo y se imaginaba cómo el humo se adentraba en su cuerpo e impregnaba de oscuridad sus órganos demasiado cándidos.

Un día, el corazón de Abby se hizo pájaro y surcó el mar con sus alas y su pico dorado, cuando Max, el vecino de abajo, besó sus labios fruncidos en todo lo que no supo decirle en años. Y el amor de Abby hacia él se hizo cálido durante un instante. Y el fuego abrazó las horas hasta que Max lo extinguió sólo dos días más tarde.

Y pensarás… Bueno, el amor no siempre es correspondido, ¿no? ¿A quién no le han partido el corazón una o diez veces a lo sumo? Sólo que Abby nunca llegó a recoger los pedazos. El corazón de Abby se encogió lentamente y poco a poco se dejó conquistar por el hielo. Y el hielo quebró sus válvulas y magulló sus arterias. Coaguló su sangre y arrebató todo el color a su piel de porcelana. Y el invierno se casó para siempre con ella.

Sólo que Abby nunca murió a pesar de que su corazón si lo hiciera. Y la mitad del día duerme y la otra mitad acurruca sus pensamientos glaciales contra el marco de la ventana. Esperando a que la vida pase sin que ella ni nadie se de cuenta.

A veces puedo ver la palidez de sus mejillas y las grietas de sus labios escarlata se agitan tras los cristales grisáceos. Dicen que ya no sabe cuándo vive ni cuándo sueña. Que se ha vuelto majara. Y que su corazón no resistirá al hielo mucho más tiempo. Yo no estoy segura de que todo eso sea verdad. Y aunque me gustaría ayudarla, jamás ha querido abrirme la puerta. Así que día a día espero aquí, a que su mirada se haga aun más fría y distante que ahora, mientras sus manos deshacen sus sueños como si sólo fuesen poco más que otras flores secas, sin que pare de morderse tímidamente los labios. Fotos: Paula Méndez.

FOTO2

Coméntalo

comentarios