Una vez leí en una gran pintada al otro lado de Europa una frase que entumeció mis sentidos, y se enterró entre mis vértebras como una ráfaga de aire frío anunciando el final de un verano eterno. No la recuerdo textualmente, pero creo que decía algo así como que no existe la posibilidad de ser artista sino se ha perdido algo. Una forma de susurrar que el mejor artista es el que se ve empujado por el drama a crear, a transmitir el dolor en un centenar de colores agrestes o eléctricos que sin él serían invisibles al resto. En aquel momento no creí que la frase tuviera sentido. Y, a pesar de ello, volvió a hacerme dudar hace algo más de un año y medio, cuando una plataforma de jóvenes fotógrafos se puso en contacto conmigo, interesados en hacerme una entrevista escrita. Mi primera entrevista. Se encendió mi piel al momento, y una marea de pensamientos impulsó mis ganas, como si éstas se aferraran a diez mil pájaros alzándose el vuelo. No podía gustarme más la noticia. Así que trabajé constante y decidida en ello. Fueron trece preguntas que contesté con el corazón latiéndome impaciente y alto, y que me hicieron revisar un camino de baldosas agrietadas en todas esas promesas que uno se hace a sí mismo un día para llegar a lo más alto. Trece preguntas ásperas, ciertamente extravagantes y a la vez expresas y concluyentes en lo que significaban mis obras. Y que jamás se publicaron.

Al principio pensé que no era más que un error, pero poco después me di cuenta de que, en realidad, mis respuestas no les habían gustado. Y es que cada uno de los artistas que participaban en aquel medio eran parte, precursores o víctimas de un hecho trágico en su pasado. Incomprensión o abandonos familiares; enfermedades, transtornos disociales o, simplemente, el punto flaco y tentador en una diana de soledades. Y así y todo era interesante, incluido su arte, claro. Y hay más. ¿No son esos realities musicales americanos de la televisión famosos porque sus concursantes vendan su talento junto a sus desgracias familiares? Sí. Y supongo que todo se eleva a un punto de exageración desmesurado, pero existen otros hechos innegables. Como que siete de cada diez actores famosos, desde su adolescencia, provienen de hogares fracturados para siempre en relaciones inestables o divorcios ingratos. Sin olvidar el caso de Kurt Cobain, entre otros cuantos, o de cómo sobrevivir a la edad trágica de los veintisiete. Escándalos públicos, adicciones o un infinito de excentricidades con las que, como buen fan de Dalí, encadenarse a las calles. ¿El drama es arte? ¿O el arte acaba en drama y el mejor artista es el que peor acaba?

Quién sabe. Sólo que, en lo que concierne a mí, yo no tengo desgracias suficientes a las que abrazarme. Y créeme, prefiero dar las gracias. No sé, puede que las pequeñas catástrofes diarias me hayan inspirado alguna vez a hacer de mis heridas abiertas una ola de amaneceres enclaustrados para siempre, con la que empapar otras pieles ávidas y desamparadas. Puede que en alguna etapa de mi vida me enterrase en melodías extintas y palabras teñidas en la nostalgia, o que me sintiese más próxima a los personajes más trágicos de algunos libros y películas. Y aprendí varias cosas. Entre ellas, que la mayoría de las personas confundimos alguna vez en el arte, la pasión con la tristeza. Y que en mi caso, las obras que he creado con la mirada cubierta en humo y nubes de lluvia, nunca han sido las más perfectas.

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