El recepcionista del hotel era menudo y de constitución fina y atlética. Sus movimientos eran ágiles, y la determinación con la que arrugaba la frente cada vez que miraba la pantalla al teclear algunos de los datos de mi documento de identidad, todavía entre su dedo índice y pulgar regordete, me daba la seguridad de que era una persona muy atenta a su trabajo. Al terminar, frunció sus labios en una sonrisa prevenidamente cortés, y me entregó la llave de mi habitación -524- deseándome una feliz estancia.

Recogí mi maletín con mi mano libre y me dirigí hacia el ascensor más cercano. Dentro, había una familia de apariencia escandinava y una empleada del hotel con el carmín ligeramente corrido. Todos asintieron con sus cabezas en forma de saludo cuando hice mi aparición, justo antes de que las puertas del ascensor se cerraran. Alguien ya había marcado el piso número cinco, así que me limité a contemplar mi leve y casi imperceptible reflejo sobre aquellos azulejos de mármol negro.

Al salir, crucé un pasillo y giré a la derecha dos veces. La tercera puerta era mi habitación. Pensé en lo agradable que sería poder quitarme por fin esos zapatos de piel dura que llevaban rozándome el tobillo durante todo el día. Y darme un baño, o al menos una ducha de agua caliente, de esas con las que se pierde el sentido y también los pensamientos por el desagüe. Pero cuando mis dedos doblaron el tirador de la puerta, supe que eso no iba a ser posible tan rápido como esperaba.

La habitación era de paredes blancas, y tenía unas cristaleras tan amplias que los rayos obstinados del sol proyectaban sobre las sábanas una estela de luz áurea y templada, hasta rozar las piernas de… Ella. Había una chica sobre la cama. Mi nueva y provisional cama recién alquilada. Supongo que cualquier otra persona habría salido corriendo en dirección hacia aquel recepcionista bajito y desangelado y le habría pedido una explicación y un nuevo cuarto en un tono desapacible y funesto. Pero yo dejé mis pertenencias sobre la alfombra de pelo beige y me acerqué un poco más hacia Ella.

Estaba dormida y de espaldas a la puerta. Con lo que la única seguridad que tenía acerca de su persona era que tenía el pelo oscuro, la respiración pausada pero ciertamente intranquila, y un vestido de gasa rosada capeado con el que trataba de cubrirse sus hombros descubiertos sin llegar a lograrlo. Con pasos sutiles, quise seguir acercándome. ¿Tendría el rostro ovalado y las pestañas tan largas como una actriz de Hollywood? ¿Los pómulos pronunciados? ¿Los labios gruesos y húmedos, o quizás un tanto descarnados? Creo que lo que más me apetecía saber era el color de sus ojos. Me aposté a mí mismo a que serían de ese castaño miel tan liviano que parece llevarse consigo el brillo de cada color sólo para aumentar el suyo propio. Y que se llamaría Lucie, o quizás algo más exótico como Adeline o Dakota.

Sólo que nunca llegué a saber su nombre, ni su dirección, ni si quiera la razón por la que estaba en aquel preciso instante en mi cuarto. Y, sin embargo, creo que nunca antes una persona me había contado tanto con sólo abrir sus párpados. No estaba asustada, pero sí un poco avergonzada con nuestro encuentro. Tenía frío, y ganas de fundirse con ese rayo de sol que rozaba el temblor de su cuerpo fibroso y esbelto, todavía entre mis sábanas. Y por la forma en la que pasó uno de los mechones de su pelo por su oreja, me reveló que era algo más joven de lo que decía su aspecto, y que no le importaba provocar un seísmo entre mi mirada encogida y la suya, brillante y escarlata.

Los dos supimos al instante que era Ella la intrusa. Nunca había habido un error desafortunado en la organización del hotel. Ella no debía estar allí. Se había colado. Y sin embargo, tampoco pareció importarle que yo lo supiera. Enseguida me preguntó retorciendo levemente su cuello hacia el lado izquierdo que qué hora era. Y yo le contesté que las doce y cuarto. Y luego, incorporándose sobre su cintura, me dijo con la voz clara y concisa que si volvía a dormirse en aquella habitación, a lo mejor no volvía a despertarse nunca. Y que si podía acompañarle a cualquier otra parte del mundo que no fuese aquella. Fotos: Paula Méndez

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