El pasado es una presencia extraña en nuestros corazones teñidos en las sombras de lo que ya no existe. Un susurro, un centenar de palabras. Y esa dirección constante a la que volver a mirar, al anclarse nuestros pasos sobre un camino que todavía no conocemos, que nos asusta. A veces es también un halo de luz con el que enfrentarse a los días más tristes. Uno, dos pestañeos. Y esa nube grisácea, esa puerta entornada que conquista nuestros cuerpos con una envenenada sensación llamada nostalgia.

¿Alguna vez has sentido cómo tu piel volvía a temblar con algo que ya ha pasado? Yo sí. No es algo que planee, ni tampoco una cosa que me agrade demasiado. Pero es un hecho. El pasado vive en mí y todavía me emociona. Han pasado casi tres años, y todavía me encuentro a veces mis pensamientos anudados en las manos de mi abuela. Eran finas y ásperas. Y se entrelazaban la una con la otra, como si quisiera devolverles el calor que les habían robado. Amargura. La piel erizada. Lágrimas y más lágrimas.

Tampoco puedo evitar volver a aquellos bosques de pinares y sueños cruzados, en los que corría de todo y de nada, porque aún era demasiado pequeña como para saber que siempre estamos atados a algo. Ni dejar de sentir la lluvia sobre mi piel, aquel día en el que tú y yo decidimos encontrarnos. El frío abandonando mis labios, y el ardor de algo que sabía que se encendía para no volver a apagarse nunca. Ese escalofrío en la espalda. Nervios, nervios. Ganas. Y la electricidad a mi cuerpo enredada.

¿Por qué no puedo dejar de buscarme a mí misma en los libros que leía hace años? Ya no soy así. Ni soy tampoco lo que entonces esperaba ser cuando cumpliese la veintena. Y eso me da miedo, sí. Pero también me da fuerzas. Es verdad que ya no siento cómo la ilusión recorre mis venas como antes, al leer en el calendario que septiembre empieza. Ni tampoco he conseguido suturar del todo algunas heridas que aún permanecen abiertas. Pero no me importa que el dolor vuelva, ¿sabes? Porque me recuerda que aunque parte de mí se perdió en alguna parte, hay otra que me hace todavía más evidente quién soy, y que quiero seguir hacia delante.

Y no voy a atarme a razones. Ni a álbumes de fotos, post-its, diplomas llenos de polvo o llaves. Ni tampoco conseguiré olvidar del todo esas miradas perdidas en la nieve de un invierno tardío. Esas sonrisas sinceras. Ni todas las promesas incumplidas, que todavía traen consigo inquietud y vacilaciones. Nuestros veranos juntos, enredados en un sol que nos hacía eternos. Ni todas esas noches de humo y luces que invitaban a dejar de ser uno mismo hasta la mañana siguiente. El pasado traza una línea sobre nuestros hombros que dibuja día a día quienes somos. Y el tiempo pasa rápido, demasiado rápido. Tanto que, a veces, se nos olvida pensar que hoy nunca más va a repetirse. Que el sol a lo mejor mañana no vuelve a ponerse. Que tú y yo nunca más volveremos a encontrarnos, o sí, quién sabe.

A veces me da miedo la nostalgia, esa puerta todavía ligeramente abierta. El pasado conquistando mi cuerpo, mi mente a las redes de todas esas cenizas, de toda esa inexistencia. Así que, cuando su luz me atrapa y me envenena, dejo que mi piel lo sienta con fuerza. Uno, dos, tres segundos. Y cuando ya la nube grisácea se enreda a mi corazón ingenuo, yo… Prefiero cerrar esa puerta.

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