FOTO1Cuando se sentó en el sofá de cuero, Lidia cruzó las piernas y se mordió levemente sus labios con el colmillo derecho. Sus ojos despiertos rebuscaban entre las estanterías algo sobre lo que esconder su timidez blanquecina, y aunque nunca lo hizo, sé que por ella aquella sesión terapeútica habría comenzado hablando sobre alguna de esas viejas pinturas inspiradas en Vermeer sobre la pared. O quizás de aquel día nublado con el que nos sentenciaba entonces marzo.

Sin embargo, en vez de eso, se presentó directamente. Casi como si fuese el primer día de clase y una decena de alumnos por orden de lista lo hubiese hecho antes que ella. Lidia Krauss. 25 años. Británica de origen holandés. Fotógrafa. A veces escultora. Definitivamente artista. Creo que no me miró mientras pronunciaba ni una de esas sílabas. Ni que cesara de repicar su botín puntiagudo contra la baldosa desgastada. Estaba nerviosa, siempre estaba nerviosa y, por su perfil, amenazaría con una actitud esquiva. Así que le hice una de mis preguntas preferidas. Que si pudiese estar en cualquier sitio diferente a éste, dónde estaría.

Aquel día me habló de una vieja casa en la playa. Con los marcos azules y las paredes en gotelé frías como la escarcha. Cuando mencionó la arena, dejó caer su cabeza sobre el respaldo y rodeó con sus dedos suavemente su muñeca. Y también hizo una breve mención al mar, y a que la sensación salada sobre su piel le producía malestar. Sus miedos se harían palpables después. Mucho después. El miedo al mar, a la profundidad, a los microbios, a la enfermedad, a dejar de ser, a ser, a no dejar de pensar. El miedo al miedo, y a perderse todo lo demás.

Lidia era obsesiva compulsiva y sus pensamientos se rebelaban contra ella. Pero su transtorno también era su arte, y el miedo inspiraba sus mejores fotografías. Y el miedo a dejar de crear era el peor. El que más la deshacía y más hacía palpitar sus obras.

Y, ¿qué es mejor? ¿la vida que no es vida o que de ti salga el mejor arte? La verdad es que nunca supe contestarle. Su enfermedad no es curable y el miedo seguirá acostado en su piel sin que nada o nadie pueda remediarlo. Ella dice que su corazón se ha roto en esas dos mitades. Y yo le digo que no, que puede vivir y también hacer arte. Que aunque sus vértebras sean débiles no se romperán si monta despacio en una bicicleta. Que es improbable que llegue a infectarse del ébola o del virus del Zika si no viaja a un país con muchos casos. Que no perderá su obra entre discos duros baratos, que no robarán su casa teniendo una buena alarma, que merece la pena pagar un buen seguro de viaje. Pero cuando me pregunta si la vida vale más que sus obras yo… Nunca sé qué contestarle.

Así que, semana a semana, sigue viniendo a visitarme. Fotos: Paula Méndez.

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